Hoy culmina la fiesta de la Pascua: ha durado 50 días: Pentecostés.
Durante este período –¡y todavía después!- Jesús resucitado se apareció a la comunidad que se debatía entre el miedo y la esperanza, con las puertas cerradas a cal y canto. Recibid el Espíritu Santo... les dijo Jesús al anochecer de Pascua.
Pero no tenían suficiente. Pasados 8 días continuaban con las puertas cerradas a cal y canto. Tomás se resistía a creer. Un grupo encabezado por Pedro, al no ver las cosas claras se vuelven al oficio de siempre: a pescar, lejos del bullicio de Jerusalén.
Hoy vemos de nuevo a la comunidad reunida en Jerusalén con los apóstoles, con mujeres y niños y con María la madre de Jesús... Oraban como nosotros ahora. Esperaban que se cumpliera la promesa de Jesús: “recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que bajará sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, por toda la Judea y Samaria, y hasta el extremo de la tierra. Esperaban que la promesa se cumpliera, pero con las puertas cerradas a cal y canto, por el miedo...
De repente irrumpe el viento huracanado del Espíritu que abre puertas y ventanas y unas llamas de fuego les abrasan el alma y los transforma, dándoles a entender que ya es hora de proclamar el mensaje de Jesús a los cuatro puntos cardinales. La multitud maravillada se sorprende de ver a Pedro y a sus compañeros poseídos de una fuerza divina y proclamando las grandezas de Dios en la lengua que cada cual entendía. Es pentecostés. Si Babel sembró la confusión en las lenguas, el Espíritu las emplea uniendo a todo el mundo en la conciencia que Dios es Padre de todos. Le podremos llamar Abbá o Pater, Padre o Pare, Père o Father, pero todos nos sentimos unidos en un mismo espíritu que nos hace hijos y nos hace hermanos.
Cuando rezamos el credo será bueno fijarnos en lo que decimos. El Padre es Creador, el Hijo Jesucristo es… Pero cuando mencionamos el Espíritu Santo, cortamos la frase en seco. Pues no. El Espíritu realiza una tarea muy importante: continuar, profundizar y llevar a cabo la obra de Jesús. Y lo hace en la Iglesia. Recemos el Credo como si lo dijéramos así:
Creo en el Espíritu Santo, que,
1) en la santa iglesia católica y apostólica y romana y catalana y de Balàfia,
2) a través de la comunión en las cosas santas, es decir, con la participación en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía,
3) nos perdona los pecados y nos hace participar en la resurrección y en la vida perdurable en Jesús.
¡Qué consuelo y qué esperanza! El Espíritu está siempre a nuestro lado, dentro de nosotros, entre nosotros como Paráclito, es decir: el defensor, el consolador, el consejero, el maestro que nos guía hacia la verdad completa, a la comprensión y la realización del proyecto de Dios.
Reconozcamos la presencia del Espíritu Santo en cada persona, en cada comunidad y en toda la Iglesia universal. Distribuyendo sus dones entre los miembros de la iglesia, el Espíritu nos une a todos sin uniformar, y multiplica sus dones sin romper la unidad.
Es grande la fiesta de hoy. Miremos la hoja dominical o la Misa de cada día y repitamos el himno que traen. Es una gran plegaria preciosa.
Para acabar oigan las maravillas que dice del Espíritu Santo un gran patriarca oriental, el Metropolita Ignatios de Lattaquia:
Sin el Espíritu Santo, Dios es lejano; Cristo pertenece al pasado; el Evangelio es letra muerta; la Iglesia, una simple organización; la autoridad, un poder; la misión, propaganda; el culto, un arcaísmo; el obrar con moral, un asunto de esclavos.
Pero en el Espíritu Santo, el cosmos se ennoblece para el advenimiento del Reino; Cristo Resucitado se hace presente; el Evangelio se transforma en fuerza vital; la Iglesia realiza la comunión trinitaria; la autoridad se vuelve servicio; la misión es Pentecostés; la liturgia, memorial y anticipación; el actuar humano se hace divino.
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