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comentario a las lecturas de la misa
domingo Ii de Pascua (a)
Tomás es el hombre que busca, que tiene tantas ganas de encontrarse con Jesús que lo quiere ver y lo quiere tocar

Los Hechos de los apóstoles nos dibujan una comunidad cristiana ideal: fundamentada en la enseñanza de los apóstoles y solidaria hasta compartir los bienes que tenían en común. Con más equidad que igualdad, trataban a cada cual según su necesidad. La base de la comunidad era la eucaristía en que tomaban juntos el alimento con alegría y sencillez de corazón que se desbordaba en alabanzas a Dios. El nombre que daban a la Eucaristía era «fracción del pan», partir y compartir el pan, que se concretaba después con la acción caritativa. Es un primer esbozo de nuestras eucaristías.

En un ambiente como este se encontraban aquel primer domingo de pascua el grupo de discípulos. Estaban todos juntos y con mucho miedo, con las puertas y ventanas cerradas a cal y canto. Pero para Jesús resucitado no hay cerraduras ni cerrojos que lo puedan privar de hacerse presente a los suyos. Paz a vosotros. Y un estallido de alegría de ver al Señor. Y en este ambiente de alegría, Jesús les confía la misión: Yo ya he cumplido mi parte. Ahora os toca a vosotros continuarla y cumplirla. Como el Padre me ha enviado, así os envío yo. No tengáis miedo. No estaréis solos: Recibid el Espíritu Santo. Y con el Espíritu el don de perdonar y de reconciliar a los hombres consigo mismos y entre ellos.

Aquel primer domingo, Tomás no estaba, «en misa». Tomás es el hombre que busca, que tiene tantas ganas de encontrarse con Jesús que lo quiere ver y lo quiere tocar. Poco más o menos como nosotros. Pero Jesús le da a entender que lo encontrará en la comunidad. Tomás pronuncia la profesión más perfecta, convencida y viva que haya salido jamás de labios humanos: SEÑOR MÏO Y DIOS MÍO.

Nosotros participamos de la bienaventuranza de creer en Jesús sin haberlo visto ni tocado. Como escribía san Pedro: No lo habéis visto nunca, a Jesús, y lo amáis. No lo veis todavía, pero creéis, y por esto, saltáis de alegría, de una alegría inexpresable, impregnada de bienaventuranza celestial, con la seguridad de obtener el objetivo último de vuestra fe: vuestra salvación definitiva.

El evangelio de san Juan termina explicando la finalidad de la obra. En este escrito se explican unos cuantos «milagros», mejor dicho, signos que conducen a Jesús como verdad y vida, como alimento de vida y bebida espiritual, como revelador del amor del Padre, como Luz y como resurrección, como dador del Espíritu. Son unas muestras, unos signos que nos llevan a confesar que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, para que creyendo alcancemos, unidos a Él, la Vida.

P. Jaume Sidera, cmf
jsidera@ono.com

 
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