Cuando Pablo VI visitó la santa casa de Nazaret, se habría quedado quién sabe el tiempo. No era posible, pero dijo una cosa muy bonita: Nazaret es la escuela del Evangelio. En esta escuela, según él, se aprenden tres asignaturas:
Primera: orden en todo, cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa; las personas, el trabajo y Dios ocupando el pensamiento y el corazón. La disciplina es necesaria para la educación.
Segunda: el silencio, aquel espacio de serenidad y de paz que ayuda a pensar, a escuchar, a decir la palabra justa y oportuna. Y a rezar en familia.
Tercera: el trabajo. Trabajar para vivir, no vivir para trabajar.
En este ambiente de orden, de silencio y de trabajo creció y se formó Jesús: iba creciendo poquito a poco, como todos los niños. En estricta y filial obediencia a los padres y a las personas mayores. Iba a la escuela del pueblo a aprender a leer, aunque no necesariamente a escribir-. Y en casa aprendía a rezar, a relacionarse, a trabajar, a tratar a la gente... Iba a la sinagoga los sábados, como vosotros venís a misa, y una vez al año, por lo menos, los padres subían con el chico a Jerusalén. Y fue en Jerusalén donde Jesús mostró la conciencia que tenía de su vocación personal en el mundo.
A los 12 años los chicos celebraban oficialmente su incorporación al pueblo. Un rabino les hacía unas preguntas y después les cargaban a la espalda el rollo de la Torá o Ley de Moisés. Ya eran capaces de llevar el yugo de la ley como una persona mayor.
Jesús vivió también esta ceremonia. Porque José y María eran muy parecidos a los padres y madres que estáis aquí. Eran buenos y piadosos. Y ¿Jesús? ¿Era un chico obediente, Jesús?... Quizás algunos padres y madres aquí presentes, sentiréis una fuerte sacudida interior al ver cómo Jesús a sus 12 años se queda solo en Jerusalén, sin que los padres lo supieran. Y lo bueno es que, cuando lo encuentran, les reprocha: ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre? Pues no, no lo sabían ni tenían por qué saberlo. María le reprocha con razón lo que ha hecho: «Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? Tu padre y yo te buscábamos con ansia»...
Jesús les da a entender una cosa: en su vocación personal, depende del Padre. Y los padres deben mirar de conocer, respetar y ayudar a madurar esta vocación personal.
En los largos silencios de la casa de Nazaret María contrasta lo que ve y lo que siente, con las palabras de Simeón: Este niño será causa de polémica... Una espada te atravesará el alma...
¿Cuál era su lugar y el de José en el proyecto de Dios? Y poco a poco aprende a enmarcar su propia misión dentro de la misión de Jesús. |