«De manera fragmentaria y muy variada, Dios habló antiguamente a nuestros Padres, valiéndose de los profetas, hasta que en esta época -la última de la historia- nos ha hablado por el Hijo.» ¡Y de qué manera tan inesperada nos ha hablado en la Nochebuena! Dios nos habla en la ternura y la debilidad de un Niño en brazos de su madre o recostado en un pesebre.
En esta Eucaristía, san Juan lo dice de una forma poética y de altos vuelos. Nos presenta el Verbo de Dios conversando con el Padre y creando con Él el mundo con la sola fuerza de la Palabra, vertiendo a raudales luz, belleza y vida en toda la creación:
Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura
y yéndolos mirando
con sola su figura
vestidos los dejó de su hermosura.
Verdaguer nos lo dijo con una sencillez encantadora:
Ses blanques manetes
petites com són,
sent tan petites
formaren el món...
El Verb El Verbo que era luz y era vida, iluminaba a la gente desde las cosas creadas. Pero la gente, más en concreto el mundo como conjunto de personas que se cierran a la verdad y al amor-, no lo supo reconocer: en vez de ir a Dios a través de las cosas, adoró las cosas como si fuesen dios: idolatrando.
Ante este fracaso, Dios se preparó un pueblo, donde la Palabra pudiera reposar: La Ley, el Arca de la alianza, el Templo... Pero la ley y el templo llegaron a convertirse en una especie de idolatría. Y cuando el Verbo llamó a la puerta, no se la abrieron. Y esto que era su casa. Vino a los suyos y lo suyos no lo acogieron.
Ante este nuevo fracaso Dios ofrece a quien acoja a su Hijo, la capacitad de llegar a ser hijo de Dios, sin ninguna condición de raza, lengua, religión o cultura. Con una única condición: que acojan en la fe.
Y para enseñarnos a ser hijos, el Verbo se hizo hombre como nosotros y entre nosotros plantó su tienda. Y el Verbo –la Palabra de Dios- pleno de gracia y de verdad, en todo lo que era, hacía y decía el Verbo, nos revelaba toda ternura amorosa del Padre y su fidelidad al hombre creado a su imagen.
También hoy, el Verbo hecho uno de nosotros, Jesús nacido en Belén, sin perder su comunión con el Padre, continúa transmitiéndonos toda la ternura y toda la fidelidad que él derramó mientras vivió entre nosotros. Es el gozo de la Navidad.
Y su deseo es que todos los que hoy comulgamos y celebramos la alegría de ser hijos de Dios, transparentemos en nuestra vida, en nuestras palabras y acciones, el amor, la sonrisa, la bondad de Dios, como Jesús.
Maria, la Virgen Madre de Nazaret, lo supo entender: dócil al Espíritu Santo acogió al Verbo, lo encarnó y nos lo entregó. Todo un modelo para nosotros.
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Todo el mundo ha visto de un extremo al otro de la tierra
la salvación de nuestro Dios.
Aclamad al Señor en toda la tierra,
estallad en cantos y en gritos de alegría.
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