Hoy es un día hermoso: criaturas y padres y madres y abuelos y abuelas disfrutan recuperando el niño/niña que todos llevamos dentro.
Pero hoy los Reyes nos traen una gran noticia que san Pablo expresa como un gran misterio. (Entre paréntesis: el misterio no es algo oscuro o esotérico, sino revelación. Misterio es el secreto que Dios se digna revelar en el momento oportuno... y deja de ser secreto). Y el secreto/revelación es este: que desde ahora, por el evangelio, todos los pueblos, en Jesucristo, tienen parte en la misma herencia, forman un mismo cuerpo y comparten la misma promesa.
El profeta Isaías lo divisaba como un futuro de gloria: El pueblo, que había vuelto del exilio, se sentía algo decepcionado ante la situación que le tocaba vivir. Necesitaba una luz de esperanza. Y soñaba cómo esta Jerusalén que se iba reconstruyendo con tanto trabajo sería el centro adonde acudiría gente de todas partes, dejando sus tesoros.
El evangelio historiza la revelación del misterio de la carta a los efesios y la dibuja con los vivos colores de Isaías. Presenta a unos sabios, que desde sus estudios deducen que algo importante ha ocurrido en aquel rincón de mundo que es Judea. Y se ponen a andar iluminados por la luz interior que les lleva hacia el recién nacido de los Judíos. Buscan la verdad y la buscan donde se encuentra. Seguro que Herodes sabe algo. Y si él no, los sabios conocedores de la Ley y de los Profetas lo dirán. Seguro. Encuentran la pista de Belén en el profeta Miqueas. Pero ni Herodes ni los sacerdotes y sabios de la ley se mueven. Quizás ya saben lo suficiente o lo tienen todo o temen el ridículo. Y se quedan donde estaban.
Pero aquella buena gente venida de lejos, que ni eran magos, ni eran reyes ni consta que fueran tres, continúan su camino hasta que encuentran al que buscaban: Entraron en la casa, vieron el niño con María, su madre y, postrados en tierra, le prestaron su homenaje. Abrieron entonces sus arquetas para ofrecerle sus presentes: oro, incienso y mirra. Así de sencillo. Y como que el recién nacido Rey era tan pequeño, se hubieron de arrodillar para ponerse a su nivel...
Si et penses caçar l’estrella
no vagis baladrejant.
Humiteja’t la parpella amb tres llàgrimes d’infant.
Ajup-te fins al temps que eres infant...
La estrella se alcanza con unas lágrimas de niño y agacharse hasta el tiempo de nuestra niñez...
El evangelio nos pone ante los ojos lo que estos días hemos oído más de una vez: Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron. Le acogen los pastores y los sabios capaces de recorrer un largo camino hasta adorar a Dios en aquel niño...
Se ha descorrido el velo del misterio: Dios salva no sólo a los pastores de Belén, sino también a los sabios paganos. Unos y otros por la fe son hechos hijos de Dios. Y saltan hechas añicos todas las barreras...
De la alegría de nuestros niños y niñas en la noche de Reyes, aprendamos la ilusión y la fe. Y continuemos celebrando con gozo la Epifanía, que quiere decir la manifestación de Dios. |