Antes que nada un buen año nuevo a todos. Un buen Ninou, que decían antes. Con una larga bendición: El Señor os bendiga y os guarde, que el Señor os haga ver la luz de su mirada y se apiade de vosotros, y os dé la paz.
Iluminados por la luz de la mirada de Dios, buscamos hasta encontrar los los caminos de la paz, tan deseada. Que Él nos haga conocer su designio de amor sobre las personas y los pueblos de modo que todos experimenten su acción salvadora.
La segunda lectura nos provee de una excelente provisión para el viaje del año que apenas iniciamos. Nunca pensaremos suficientemente los cristianos: El Hijo del que celebramos el nacimiento, naciendo de mujer, ha dignificado a todas las mujeres, a todas las madres. Ha dignificado cualquier nacimiento, hasta los más humildes.
Jesús, nacido bajo la ley, nos libera del yugo de la ley dándonos la condición de hijos de Dios como él y hermanos unos de otros. La ley, toda ley, cuando nos viene de fuera, se convierte en un yugo impuesto que esclaviza. La filiación divina se hace vivir de dentro afuera. El hijo, como el padre y la madre, hacen lo que deben hacer no porque se lo mande nadie, sino porque quieren. El cristiano hace lo que tiene que hacer porque se siente amado del Padre, ama al Padre y todo lo que el Padre ama. Es una respuesta filial a un amor muy grande ...
¿Sabéis cuál es la prueba de que somos hijos? ¿Verdad que decimos el Padre nuestro? Pues lo que nos empuja a decirlo es el Espíritu Santo que hemos recibido y que en nuestro corazón, hace gritar: «¡Abbá, Padre!» Por tanto, ya no eres esclavo, sino hijo, y si eres hijo, también eres heredero por voluntad de Dios.
Cuando personalmente o todos juntos, en familia o en comunidad decimos el Padre nuestro, reconocemos que somos hijos y que somos hermanos, y por eso hacemos nuestro el proyecto de Dios pidiendo para todos el pan de cada día y ofreciendo el perdón y aceptandolo y pidiendo que seamos fieles a lo que somos sin caer en la tentación de la facilidad, de la frivolidad, la ganancia fácil.
Y una actitud: María no entendía mucho lo que vivía y lo que veía: el Niño acostado en el pesebre, los pastores, los ángeles, los sabios venidos de lejos ... Y se pone a pensar, a meditar, a orar, a conservar unos preciosos recuerdos de familia. Y mientras tanto, hacía lo que todo el mundo hacía, con un espíritu nuevo. Hace circuncidar a su hijo, para que tenga unas referencias claras. Lo inscribirá en el registro del pueblo de Israel y le pondrá un nombre que es toda una promesa: Jesús, Dios que nos salva en la pequeñez de un recién nacido. Un niño que también dirá Emmanuel, que significa Dios está con nosotros. Y crecerá entre nosotros y hará y hace el camino con nosotros, día tras día hasta el final de este año y de todos los años.
Ante la crisis y la incertidumbre y las incomprensiones deberíamos hacer como María. Pensar, reflexionar, esperar, ver hacia dónde nos lleva Dios. Quizá con esta crisis, que todos hemos visto generarse y que todos sufrimos, aprendamos a buscar lo esencial, a ser personas responsables y libres y que para vivir felices no nos hacen falta tantas cosas que nos parecían imprescindibles.
Aprendamos a utilizar bien lo que tenemos y compartirlo con quienes están más necesitados que nosotros. Si salimos de la crisis un poco más personas, más responsables, más libres, más buenos hijos de Dios podremos vivir un año bien aprovechado y habremos cambiado el mundo.
Que Santa María nos acompañe para que hagamos y aportemos al mundo lo que él le aportó. Muéstranos a Jesús, el fruto bendito de tu vientre como lo mostraste a los pastores y a quienes se acercaron a Belén.
|