No sé qué sentiría María cuando comparaba las maravillas del Mesías que predecía el profeta Isaías y las grandezas del hijo que le había anunciado el arcángel Gabriel: Nos ha nacido un niño, nos ha sido dado un hijo que lleva en el hombro la insignia de príncipe. Dios le ha puesto este nombre: Maravilla de Consejero, Dios-héroe, Padre-para-siempre, Príncipe de la paz. Una grandeza tan sublime en algo tan pequeño como un bebé nacido a oscuras en un portal y acostado en un pesebre porque no hubo lugar para él en la ciudad. ¡Qué acto de fe supondría para María!
Un bebé acostado en un pesebre es la señal que el ángel da a los pastores tras el anuncio gozoso: Os traigo una buena noticia para todo el pueblo, una gran alegría: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Los pastores se sentirían satisfechos y contentos al ver al Mesías y Señor puesto a su nivel de pobreza y de humanidad. Cómo sintonizarían con el canto de los ángeles: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.»
Fijémonos en qué niveles tan distintos se celebra la Navidad. Está el nivel del silencio amoroso y contemplativo de María y José ante Jesús recién nacido. Necesitan toda la fe y toda la esperanza y todo el amor para penetrar en este gran misterio. No lo entienden todo muy bien. Pero están con los ojos, los oídos y el corazón dispuestos para captar y guardar todos los detalles de esos momentos irrepetibles.
Está el nivel de los pastores: reciben el mensaje, comprueban lo que les han anunciado los ángeles y ellos mismos se convierten en mensajeros de la gran alegría. Pero chocan con la indiferencia de la mayoría de la gente de Belén, la misma de que hace gala la multitud de cristianos que se apuntan al cómodo «creo pero no practico». No se mueven. Que se muevan los demás.
A muchos kilómetros de distancia unos magos ven en el cielo una señal prodigiosa. Y se preparan a emprender el largo viaje guiados por la luz de la fe. Y toparán con la sabiduría estéril de los sabios que lo saben todo sobre el que ha de venir, pero no dan un paso para ir a su encuentro. Herodes sí afina su oído y afila los cuchillos por si acaso.
Hay otro nivel: el de los ojos grandes del buey y del asno. Están allí. No saben por qué, pero están. De ellos dijo el profeta Isaías: He criado hijos y los he ennoblecido, pero ellos se han sublevado contra mí. Un buey conoce a su dueño y el asno el pesebre de su amo, pero a mí, Israel no me conoce, mi pueblo me ignora.
San Francisco de Asís, la noche de navidad hacía dar doble ración de pienso al asno del convento porque había calentado con su aliento al Niño Jesús. Hoy –en esta noche o al mediodía en torno a la mesa- muchos disfrutarán de una comida más que generosa, tal vez sin saber por qué, quizá por aquello del solsticio de invierno. Ojalá que aprendan del buey y del asno a reconocer a su Señor, que en esta Navidad y en cada Navidad y en cada reunión de los cristianos se hace presente en el pan de la Eucaristía y anuncia a todos la paz porque el Señor ama a todos. Sí, Dios ama a todos: a María y a José, a los ángeles y a los pastores, al grupo de los que dicen que creen pero que no practican y a los magos y hasta Herodes recomido de celos. Los ama no porque sean buenos o malos, sino porque son hijos y Él es el Padre de todos y nos mira con la ternura con que los padres ven al recién nacido, porque todos somos uno en el Niño desvalido de Belén.
Para enseñarnos a ser hijos y enseñarnos a ser lo que somos como hombres o mujeres nos envía a su Hijo hecho uno de nosotros en el establo de Belén. María y José que velan el sueño de Jesús velan con el mismo cariño nuestro sueño, nos estimulan a crecer y nos invitan cantar una y otra vez: Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama. Es la filantropía, el amor de Dios a la humanidad.
San Pablo nos indica el camino: renunciar a la concepción pagana de la vida y a las aspiraciones de la gente sin horizontes y vivir con sensatez y sobriedad, respetando los derechos del prójimo y los derechos de Dios, esperando la manifestación definitiva y gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo.
Feliz Navidad a todos.
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