El Verbo se dirigía al Padre en lenguaje amoroso y fecundo, en un silencio eterno. Contaban las estrellas y llamaban por su nombre y apellido a los hombres y las mujeres que irían existiendo. No habría ninguna que existiera porque sí, por casualidad. Creó un mundo para ellos, un mundo donde hervía la vida y la luz, expresión y lenguaje: Mil gracias derramando pasó por estos sotos con presura y yéndolos mirando, con sola su figura vestidos los dejos de hermosura.
Pero buena parte de los hombres no lo entendió. Y convirtió en dioses las cosas y los astros y a muchas personas, incluso a las fuerzas del mal. «El mundo no lo conoció». Entonces el Verbo se hizo presente en un pueblo: hizo una alianza con él, expresada en un libro: la ley de Moisés. Pero cuando el Verbo se presentó en un lenguaje vivo, de forma humana y comunicativa, les pareció demasiado poco. El Verbo vino a su casa y los suyos, mirando el libro, no miraron los ojos de quien les hablaba y no abrieron los oídos a lo que decía. Vino a los suyos y los suyos no le recibieron.
Enseñemos al hombre a ser hombre, dijo el Padre del cielo a su Hijo, enseñémosles que su grandeza radica en que son, ni más arriba, como habrían querido Adán y Eva, ni más abajo, sometiéndose a las cosas. Dicho y hecho, el Verbo, el Hijo de Dios, se hizo carne y plantó su tienda entre los dispuestos a seguirlo, como un caminante más. Y a todos les concedió el privilegio de ser hijos de Dios con la única condición de que lo acogieran por la fe.
Y en el Verbo hecho hombre, en una humanidad como la nuestra, hemos visto reflejada toda la ternura del Padre y toda su fidelidad al hombre que había creado a imagen y semejanza. Y para que no nos despistásemos, el Verbo mismo, que vive siempre en la intimidad del Padre, nos lo da a conocer, porque todo lo que Jesús, el Verbo humano, es, dice y hace es expresión del Padre. Y lo mostró pasando por el mundo haciendo el bien.
Mirad cómo nos lo dice la carta a los hebreos: En diversas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas, pero ahora, en estos días que son los últimos, nos ha hablado a nosotros en la persona del Hijo por medio del cual ya había creado el mundo.
Mirémoslo atentamente, adorémoslo humildemente, dejémonos cautivar por su encanto, amémoslo de corazón y dispongámonos a seguirlo. Y traigamos al mundo este mensaje de Navidad: El Hijo de Dios se ha hecho hermano nuestro. Nos lo trajo María con su fe generosa y activa. Con su misma fe lo haremos presente en nuestro mundo.
¡Feliz Navidad! |