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comentario a las lecturas de la misa
epifanÍa del seÑor
Todos los pueblos, en Jesucristo, tienen parte en la misma herencia, forman un mismo cuerpo y son partícipes de la promesa

Jerusalén estaba en horas bajas, no acababa de remontar el vuelo. Y el profeta insta al Pueblo a mirar más allá, hacia un futuro mejor. Jerusalén será iluminada por la presencia del Señor y al mismo tiempo se convertirá en luz para todas las naciones que acudirán a la ciudad santa con sus tesoros en busca de luz. Un futuro maravilloso.

Esta visión radiante del profeta ilumina la narración del evangelio de hoy. Unos sabios astrónomos que se pasan noches mirando el cielo, descubren una estrella nueva que bien podría la anunciada por Balaán. Y se ponen en camino hacia Jerusalén.

No sabemos si eran tres o si eran más. Si no eran reyes, sí que eran muy generosos y sedientos de verdad. La tradición les ha dado nombre: Melchor, el blanco, Gaspar, tendiendo a rubio, y Baltasar, representante de toda la gente de piel oscura y de alma clara.

Llegan a Jerusalén y se sorprenden de que nadie sepa nada del recién nacido rey de los judíos. Herodes tiembla: ha fracasado su servicio de inteligencia. Y no para hasta encontrar respuesta a su inquietud. Los sacerdotes y los sabios de Israel saben de qué va. Lo dice el profeta Miqueas: «Belén, tierra de Judá, no eres de ninguna manera la más pequeña entre las familias de Judá, porque de ti saldrá un jefe que apacentará a Israel, mi pueblo».

Pero ellos no se mueven. ¿Cómo puede ser que Dios no les haya dicho a ellos que el Mesías había nacido en el pueblo de David? Esos forasteros... Herodes tampoco se mueve, para no hacer el ridículo. Pero por si acaso, ya afila los cuchillos. Nunca se sabe. Nadie le debe arrebatar la corona.

Los forasteros están muy contentos. El libro santo les ha confirmado lo que intuían en la estrella. Llegan a Belén. Entran en la casa, ven al niño con María, su madre, caen de rodillas y le rinden homenaje. Abren sus cofres y le ofrecen sus regalos: oro, incienso y mirra.

Así de sencillo y así de sublime. No les pesa haber hecho un viaje tan largo para ver a un niño con su madre. Le ofrecen oro como a rey, incienso como a Dios y mirra como a hombre. Es así como ha interpretado la tradición los regalos de aquellos sabios, astrónomos o magos. Ellos, con la misma naturalidad con que han venido hasta Belén, se vuelven a su país por otro camino. Ya no los ilumina una estrella del cielo sino el Verbo hecho hombre, Vida y es Luz.

Una pequeña observación para terminar. Hoy las tres lecturas nos dicen lo mismo de manera diferente. La primera divisa el futuro luminoso. El evangelio nos pone ante los ojos el camino de la fe. A partir de la naturaleza o de la ciencia o de la Biblia o del ejemplo positivo o negativo de otros, podemos llegar a la fe en Jesús Mesías e Hijo de Dios.

San Pablo en su carta, nos da además el sentido profundo de la fiesta de la Epifanía o manifestación. Hoy se revela un misterio o un secreto que nadie había conocido nunca ni habría conocido, pero que ahora Dios nos lo desvela: Desde ahora, por el Evangelio, todos los pueblos, en Jesucristo, tienen parte en la misma herencia, forman un mismo cuerpo y son partícipes de la promesa.

Este es el núcleo de la fiesta de hoy. Que el sueño de los niños y la gozosa complicidad de padres y padrinos sea el inicio de un camino de fe que nos lleve hasta la casa de Belén para adorar al niño con su madre. Como a los pastores y a los magos. Jesús será la luz y la vida para nuestro camino.

P. Jaume Sidera, cmf
jsidera@ono.com
 
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