Epifanía es manifestación. La primera en la noche de Navidad: a los pastores. El día de Reyes: a todas las naciones. Es constatación de la encarnación, del Verbo de Dios hecho hombre.
Hoy tenemos una teofanía o manifestación de Dios. Hoy el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se muestran absolutamente volcados en nuestra salvación.
Jesús, ya mayor, hecho todo un artesano, vive en Nazaret como un israelita más. Oye hablar de Juan y se interesa por su invitación a sumergirse en el Jordán como preparación para el nuevo tiempo que se avecina. Y se sumerge en él como todo el mundo. Juan no se da cuenta de que tiene ante sí el que tenía que venir detrás de él y que era más fuerte que él, dispuesto a recibir el bautismo de agua antes de recibir el del Espíritu Santo.
Al salir del agua, el cielo que parecía cerrado y había dejado la tierra sin la voz de los profetas, se rasga de repente y desciende el Espíritu sobre Jesús. Es lo que había anunciado Isaías. El Espíritu del Señor está sobre mí. Me ha enviado a dar la buena nueva a los pobres. Una voz del cielo clama: Tú eres mi Hijo, el amado, estoy muy contento de ti. Es la voz del Padre, invisible.
En estas palabras del Padre, que son el eco de la profecía de Isaías, tenemos expresado quién es Jesús, cuál es su misión y cómo la realizará.
¿Quién es? El Hijo muy amado. Aquí tenéis mi siervo, de quien he tomado posesión, el amado, en quien me complazco.
Indica su misión: He puesto en él mi espíritu para que traiga el derecho a las naciones.
¿Cómo? Con mansedumbre, amor y sencillez. Nada de gritos y de amenazas. Viene a salvar, no a condenar. Dispuesto a salvar todo lo que se pueda salvar.
¿Sabéis la parábola del pastor y de la caña cascada? Un pastor encuentra una caña cascada. Se la mira, la vuelve a mirar y piensa: ¿qué hago? ¿Acabo de aplastarla? ¿La tiro? ¿Qué hago? No sirve para nada. De repente se le enciende una luz. Ya sé. Se mira la caña de nuevo, le devuelve la forma, le tapa las grietas y le practica unos agujeros. Le pone una lengüeta y hace una flauta que llena de fiesta la paz de la montaña en armonía con el tintineo de las esquilas del ganado. Jesús es capaz de convertir en fuente de música una caña cascada y de sacar luz del pábilo que aún humea. Es capaz de dar forma nueva a quien parecía un estorbo y que no servía para nada y devolverle la dignidad perdida y pisoteada.
Jesús actuará con delicadeza exquisita pero con firmeza, sin concesiones a lo políticamente correcto o a lo que la gente pide. Trae un mensaje de luz y de libertad. Yo, el Señor, te he llamado, te he tomado de la mano, te he formado, y te he hecho luz de las naciones, para devolver la vista a los ojos ciegos, para sacar de la cárcel los encadenados y liberar del calabozo a los que vivían en tinieblas.
San Pedro resume toda la actividad de Jesús desde el bautismo en adelante con cuatro palabras: pasó todo haciendo el bien. El Padre lo ha ungido, lo ha hecho Mesías, con la unción del Espíritu Santo que lo hace fuerte para sanar a todos liberándoles de lo que esclaviza y deshumaniza la persona.
Y nosotros, ¿qué? Todos nosotros experimentamos una teofanía o manifestación de la presencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo el día de nuestro bautismo y recibimos la unción que nos hizo «cristos», mesías o ungidos, con la misión de continuar en nuestra vida la vida y la misión de Jesús sacerdote, profeta y rey.
Hoy Jesús pasa por donde pasa un cristiano, consciente de su dignidad. El cristiano es también teofanía, manifestación del Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, Amor y Vida. |