La primera lectura nos decía: La sabiduría se gloría en medio de su pueblo, habla en la reunión del pueblo del Altísimo diciendo: “Acampa entre los hijos de Jacob, haz de Israel tu heredado.
Es lo que hemos leído en el Evangelio. El Verbo – la Palabra, el Hijo eterno de Dios- ha acampado entre nosotros y se ha hecho compañero nuestro de viaje. Antes de esta venida, nos dejó dos libros, en que el Verbo de Dios se expresa como una sinfonía a voces diversas:
Primero ha regalado a todo el mundo el Liber naturae, -así, en latín- el libro de la naturaleza, para que aprendiésemos a descubrir en las cosas creadas las huellas del Creador.
Mil gracias derramando /
pasó por estos sotos con presura /
y, yéndolos mirando, /
con solo su figura /
vestidos los dejó de su hermosura.
Al pueblo de Israel le regaló Dios otro libro: la Torà, la Biblia, que contiene lo que Dios espera de su pueblo.
Pero ni los sabios supieron encontrar al creador en el libro de la naturaleza, ni los israelitas captaron la voluntad de Dios en el libro de la Ley. Y cuando el Verbo, la Palabra de Dios, quiso venir personalmente entre nosotros, unos y otros le cerraron las puertas y lo dejaron fuera: en Belén, en un portal. En Jerusalén, en el Calvario, fuera de la ciudad.
Pero hubo muchos que lo acogieron, israelitas y no israelitas, y todos ellos, llegaron a ser hijos de Dios.
Lo hemos leído en la carta a los efesios: Desde que Dios es Dios, nos ha elegido para que, siendo santos e irreprensibles a sus ojos, seamos hijos suyos por Jesucristo.
Por esto san Pablo pide al Padre, en favor de los cristianos, que ilumine la mirada interior de nuestro corazón, para que sepamos bien de dónde venimos y a dónde vamos, y el camino que nos lleva: Jesús, camino, verdad y vida.
De cara al año apenas estrenado, podríamos hacer el propósito de aprender a leer estos dos libros para entrar a tratar personalmente al que es la Palabra: Jesús.
Primero, aprendiendo a leer en el Liber naturae, la obra de Dios en su creación. Contemplarla, admirarla, respetarla, ya que es el medio vital donde fe y vida se desarrollan y donde nos preparamos para la plena comunión con Dios. Es la verdadera ecología.
Segundo: aficionémonos a leer la Palabra de Dios en la Biblia: Escuchar con atención e inteligencia la Palabra proclamada en la Misa de cada domingo.
Podemos dar un paso más: afortunadamente, durante estas fiestas se ha distribuido a centenares el libro: Palabra y Vida. Otros muchos –unos 200 en Lleida y entorno, reciben la Misa de cada día. Así, cada día pueden contactar con la Biblia del Antiguo y del Nuevo Testamento y orar con ella, y de esta forma, se van familiarizando con la Palabra de Dios.
¡Ojalá diésemos un paso más y se pudieran crear grupos de lectura de la Palabra!
Puesto que la Palabra se ha hecho uno de nosotros en Jesús, abrámosle las puertas de par en par e invitémosle como los dos de Emaús: Él nos abrirá el entendimiento para que podamos comprender lo que Él nos dice y nos dé fuerza para continuar con Él y con todos los demás cristianos nuestro camino. |