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comentario a las lecturas de la misa
bautismo del seÑor (A)
Este es mi hijo muy amado

Hoy se cierra el tiempo de la Epifanía, de la manifestación de Jesús. Primero se manifestó a los pastores en Belén, que representaban a los judíos. El jueves, día de los Reyes, lo veíamos reconocido y adorado por los sabios de oriente, que representaban al mundo no judío. Hoy, en cierto modo, Jesús se manifiesta a sí mismo, se reconoce a sí mismo. Hoy Jesús toma plena conciencia de su misión.

Hasta ahora era el carpintero de Nazaret, fiel cumplidor de la Ley de los Padres, un israelita ejemplar. De pronto, se siente sacudido por el movimiento religioso de Juan Bautista, que prepara los caminos del Señor. Jesús acude a él como tanta gente, convencido de que es Dios quién los invita: está decidido a responder al llamamiento de Dios y a andar por sus caminos.

De repente, Jesús descubre que ha llegado su hora, la hora de servir al Padre de una manera diferente. Cuando se hace bautizar por Juan, es proclamado hijo de Dios y Mesías por la fuerza del Espíritu Santo que se posa sobre él.

A los primeros cristianos les costaba aceptar que Jesús se hubiera hecho bautizar como uno más de los muchos que reconocían sus pecados y cambiaban de vida, siguiendo la invitación del Bautista. Juan se resiste a bautizarlo: Es él quien tiene que ser bautizado por Jesús. Pero no: Juan tiene una misión recibida de Dios, y Jesús la reconoce y la valora.

En este momento el cielo se rasga: hacía siglos que la Ley de Moisés lo decía todo. No hacía falta la novedad de ningún profeta. Ahora el cielo se rasga y viene el Espíritu Santo y se posa sobre Jesús. Al mismo tiempo, resuena la Voz del Padre. El Padre nunca se muestra en ninguna figura concreta descriptible. Es reconocido en la luz, en la brisa suave del viento, en la voz. Y la Voz suelta este mensaje: «Este es mi Hijo, muy amado, en quien me he complacido.»

-Este es mi Hijo: son las palabras del salmo 2, 7, que tienen un sentido plenamente mesiánico. Cuando un rey era ungido, se hacía hijo de Dios: hoy te he engendrado. Jesús es proclamado Mesías, el Ungido de Dios, el liberador que el pueblo esperaba y necesitaba.

Es rey y es mesías muy amado. Esta palabra evoca la figura de Isaac, el hijo tan querido de su padre Abrahán y dispuesto a su entrega personal. Gn 22, 2.

- Estoy muy contento de ti: Este hijo, amado, realizará su misión como el Siervo de Isaías: no de forma triunfalista y aplastando a los enemigos. Con la fuerza del Espíritu impondrá el derecho a las naciones con la fuerza del amor y de la razón, salvando todo lo que se pueda salvar: no rompe la caña quebrada, no apaga el pabilo que aún humea. Su misión acabará en un fracaso aparente: la Cruz.

El bautismo de Jesús marca un hito importante en su vida. En la predicación, los apóstoles se referían a la vida de Jesús a partir del bautismo de Juan hasta la resurrección. Pedro, hablando con el centurión Cornelio, resume así mismo la vida de Jesús: «Hablo de Jesús de Nazaret. Ya sabéis cómo Dios lo consagró ungiéndolo con el poder del Espíritu Santo. Pasó por todas partes haciendo el bien y dando la salud a todos los que estaban bajo la dominación del diablo, porque Dios estaba con él.»

El bautismo de Jesús nos recuerda nuestro bautismo. También sobre cada uno de nosotros resonó la voz del Padre. Y desde aquel momento podemos rezar con verdad el Padre nuestro.

Animémonos hoy a recuperar nuestra dignidad y nuestra misión como cristianos. Desde el bautismo somos sacerdotes, profetas y reyes, ungidos, cristificados por el Espíritu. El Padre nos proclamó hijos suyos y nos invitó –y continúa invitándonos- a pasar como él haciendo el bien, procurando salud y felicidad y creando ámbitos de libertad y de paz, de esperanza y de alegría.

P. Jaume Sidera, cmf
jsidera@ono.com
 
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