En el calvario hay tres cruces y tres crucificados. Ninguno de ellos ha ido por gusto. Posiblemente los tres se creen inocentes. Más o menos como nosotros. ¿Cuál es la actitud de los tres ante esta situación cruel e injusta?
Todos nos encontramos a veces en situaciones que no nos hemos buscado: enfermedad, desempleo, accidente, muerte. ¿Cómo respondemos ante ellas? Miremos el Calvario.
La gente: escarnece a los crucificados. Las autoridades tientan a Jesús como Satanás en el desierto.
Los soldados, mientras le ofrecen el vinagre, le provocan: si eres el rey de los judíos, sálvate. Repiten los que leen en el letrero de la cruz: Éste es el rey de los judíos. Ya se lo dijeron cuando le coronaron de espinas. ¡Qué rey! Crucificado por su gente.
Uno de los crucificados escucha lo que la gente y las autoridades y los soldados dicen de Jesús. Tienen razón: ¿No eres Cristo? Sálvate y sálvanos. De nada le sirve estar a unos palmos del salvador.
Todos estos: pueblo, autoridades, soldados, un ladrón, sin saberlo, han dicho más de lo que pensaban y creían. Jesús es el Cristo, el Ungido, el Hijo de Dios, el Escogido. Y como tal es capaz de salvar. Pero no lo hace. ¿Por qué? El Mesías es un rey poderoso, como el César de Roma. Y Jesús, ahora no es nadie. Es peor que nadie: Es un «maldito de Dios» como cualquier otro.
El otro compañero de cruz escucha, mira, calla. Pero rompe su silencio: primero increpa a su compañero. - ¿Ni sufriendo la misma condena tienes en cuenta a Dios? Después de todo, tú y yo pagamos por lo que hemos hecho. ¿Pero éste? ¿No oyes como perdona? ¿No ves cómo no maldice? ¿No ves cómo no hace caso de las provocaciones? Éste no ha hecho ningún mal a nadie.
Después se dirige a Jesús, clavado como él en la cruz: Sí que eres rey, aunque estés crucificado. Cuando entres en tu reino, acuérdate de mí.
Y escucha la palabra más consoladora: hoy estarás conmigo en el paraíso. Volverás a la creación original. Disfrutarás de mi compañía y de la compañía de los amigos de Dios. Se han abierto de par en par para ti y para todo el mundo las puertas del paraíso. Ha encontrado en la cruz la salvación.
Jesús no tiene nada, no puede hacer nada. Pero ama, perdona y abre el paraíso.
Como no tiene nada, Jesús se entrega a sí mismo al Padre por nosotros. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Jesucristo nos ha purificado de los pecados, ofreciéndose a sí mismo por nosotros, de una vez para siempre.
Ha convertido en ofrenda generosa una fatalidad tan repugnante como la cruz. Es una actitud verdaderamente regia.
Así recalca la inmensa dignidad de la persona humana: aunque no tenga ni salud, ni dinero, ni títulos, ni nada, cuando parece un guiñapo, siempre ES imagen y semejanza de Dios y puede aprender de Jesús a entregarse a sí mismo. Esta posibilidad hace que la vida tenga sentido.
Releamos la carta a los Colosenses: Este crucificado es imagen visible del Dios invisible. Dios ha creado todo el universo por él y para él. Y es también nuestra cabeza, la cabeza de la Iglesia. Él une cielo y tierra, aproxima el tiempo y la eternidad. Él es nuestra Paz.
Podemos estar orgullosos de tener como Rey a alguien tan inmensamente grande y tan sencillamente próximo a nosotros. Se ha puesto a nuestro nivel, y en la cruz -en nuestro camino de cada día- tenemos la escalera para subir con Él al paraíso.
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