El Templo era el centro del mundo y la columna que aguantaba el pueblo de Israel. Su destrucción era el fin del mundo, o mejor dicho, el fin de un mundo. Este fin no era previsible, no era de hoy para mañana.
Jesús sitúa el hecho dentro de la historia humana y dentro del contexto del mundo: antes y después de la destrucción del templo, habrá catástrofes naturales y descalabros políticos. En medio de todo eso, los cristianos tenemos que dar testimonio de Jesús, ser mártires como lo han sido tantísimos que por ser fieles a Jesús y a los valores del evangelio no han vacilado en derramar su sangre. Derramando o no su sangre, los cristianos se han tenido que enfrentar a enemigos exteriores: los tribunales o las calumnias o las burlas de los no cristianos; y a enemigos interiores: la incomprensión de los miembros de una misma familia, que no aceptarán que uno de los suyos sea seguidor de Jesús, o de la misma comunidad cristiana que no sufrirá que alguien les cuestione su rutina o su mediocridad.
En medio de estas situaciones dolorosas, aparecerán los mesías y salvadores de turno: los unos anunciando catástrofes, los otros anunciando soluciones fáciles: el mesías está aquí, está allí. No hagáis caso, dice Jesús. La vida humana y la historia tienen un «tempo» que nadie puede esquivar sin ser infiel a Jesús, a sí mismo y a los hermanos.
Estas situaciones más o menos extremas son como el fuego, que quema la paja y purifica el oro y la plata. Hacen aparecer a los que son cristianos de veras y los que lo son de pacotilla.
Además, nos ayudan a poner las cosas en su sitio. Una crisis como la de ahora hace que nos demos cuenta de que hemos estirado más el brazo que la manga, que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. A ver si somos capaces de ajustar brazos y mangas y estilos de vida austeros y gozosos al mismo tiempo.
En situaciones como las actuales, hay quienes, esperando intervenciones mesiánicas o mágicas, se dedican a no hacer nada. Después de todo, por dos días que vamos a vivir, comamos y bebamos que mañana todo se acaba. Ya pasaba en tiempo de san Pablo y pasa ahora: Ni trabajan, Ni estudian, Ni hacen, Ni dejan hacer. Y encima, corramos todos a financiar ese ni-ismo desastroso. San Pablo habla sin tapujos: quien no quiera trabajar, que no coma. Si quiere trabajar y no puede, ayudémoslo en la medida de lo posible. Pero no malgastemos en personas que ni se salvan ni quieren salvarse. Como hacía san Pablo. Entre vosotros no vivíamos nunca ociosos, dice, y a nadie no pedíamos gratis el pan que comíamos, sino que nos empeñábamos trabajando noche y día, para no agobiar nadie de los vuestros. Por eso pedía a los cristianos: A todos esos holgazanes, les ordenamos y les recomendamos en nombre de Jesucristo, el Señor, que trabajen en paz para ganarse el pan que comen.
El Evangelio nos exhorta a mirar con serenidad los tiempos que parecen malos. Con la oración, con la confianza y con gran amor a los hermanos, superaremos todas las crisis, porque seguiremos en ellas y siempre las huellas de Jesús, muerto y resucitado. |