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comentario a las lecturas de la misa
domingo XXxii del tiempo ordinario (c)

Dios es Dios de vivos, no de muertos

Creo en la resurrección de la carne... Así lo confesamos en el credo. Lo confesamos porque creemos en Jesús, que ha vencido a la muerte y nos garantiza también nuestra victoria.

Esta creencia tardó mucho en entrar y en imponerse en Israel. Las situaciones extremas vividas por muchos israelitas por defender su fe, desveló en ellos un agudo sentido de la justicia: Dios no podía desamparar a tantos hombres y mujeres que pagaban con su vida su resistencia a la tiranía que los obligaba a idolatrar.

Es admirable la fe de la madre que ve sacrificados por el rey Antíoco a sus siete hijos. Ella, de un temple heroico y de una fe a toda prueba, los anima a todos a mantenerse fieles a Dios con la esperanza que recibirán de Él la vida que por Él sacrificaban. Su cuarto hijo verbaliza así esta fe esperanzada: «Ahora que morimos en manos de los hombres, es bueno confiar en la esperanza que Dios nos da de resucitarnos, porque tú nos resucitarás para la vida».

Los sabios saduceos no creían en esto porque no lo encontraban en el Pentateuco. Lo consideran absurdo e inaceptable como lo sería que la mujer casada sucesivamente con siete hermanos, siguiendo la ley de levirato, el día de la resurrección fuera mujer de siete maridos. ¿Absurdo, verdad? Claro que sí.

Pero Jesús les contesta: Ante todo, tienen un concepto muy torpe de la vida de Dios y con Dios. En el mundo presente los hombres y las mujeres se casan para asegurar la especie humana. Pero en la vida eterna, como no hay muerte, ya no hará falta preocuparse de perpetuar nada. Es vida plena y total.

Segundo, y sobre todo: esos sabios saduceos ignoran el poder de Dios. Dios no es Dios de muertos porque para Él todos viven. Por eso se manifiesta a Moisés en el desierto como el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob para salvar a su pueblo, porque viven con Él y como Él desean liberar el pueblo de la opresión de Egipto.

¿Que cómo será la resurrección? Lo explica san Pablo: Alguien dirá: ¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo? ¡Tonto! -lo dice san Pablo, no yo!- lo que siembras no vuelve a vivir si antes no muere. Y lo que siembras, no es la planta que será, sino un simple grano de trigo, por ejemplo, o de cualquier otra planta. ¡Se siembra un cuerpo corruptible y vuelve a la vida, libre de la corrupción. ¡Qué feo es el cuerpo que se siembra! Y vuelve a la vida glorioso. ¡Es débil! Y vuelve a la vida poderoso. Se siembra un cuerpo simplemente humano, y vuelve a la vida transformado por el Espíritu.

Haríamos bien de releer este texto de san Pablo: tendríamos una idea más clara de la resurrección y viviríamos más contentos con la esperanza de compartir la resurrección con Cristo, con santa María y con todos los santos.

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Hoy nos visita el Papa Benedicto XVI. Pidamos para él todas las bendiciones del cielo. Que la dedicación que hoy hace de la Sagrada Familia sea el signo y el estímulo para todas las familias cristianas. Cada familia es una iglesia doméstica.

P. Jaume Sidera, cmf
jsidera@ono.com
 
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