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comentario a las lecturas de la misa
domingo XXix del tiempo ordinario (c)

¡Señor, que vea!

Ya lo veis: Jesús nos enseña que hemos de orar siempre, sin perder nunca la esperanza, insistiendo siempre y siempre confiando.

Nos muestra a la pobre viuda indefensa, que se enfrenta sola a todo un juez sin conciencia ni respeto por nadie, que se siente poderoso contra medio mundo... La pobre mujer pleitea contra algún rico que puede sobornar al juez porque le sobran recursos. Ella sólo tiene un arma: la razón, que la hace fuerte. Tan fuerte, que el juez, no puede soportar los gritos y la insistencia de la pobre mujer, capaz de emprenderlas contra él a bofetadas.

Este ejemplo de constancia en la oración nos propone Jesús. Otro día Jesús propone el ejemplo del amigo importuno que a media noche llama a la puerta pidiendo unos panes para atender la visita de un huésped inesperado. Y acaban abriéndole la puerta y dándole todo lo que necesita, sino por amistad, al menos para que deje dormir tranquilamente.

Hemos de insistir en la oración porque no nos las tenemos que ver con un juez sin entrañas o con un amigo cualquiera. No, sabemos que Dios es Padre y nos ama y quiere siempre nuestro bien.

La oración tiene que ser perseverante y confiada, sin que por ello debamos preparar largos discursos. Por eso Jesús nos enseñó el Padrenuestro como modelo de oración. Cuando oréis, decid… Que Dios sea reconocido y amado como Padre y nos conceda el pan y el perdón, un pan y un perdón que queremos compartir con los demás.

Pedid ... Buscad y encontraréis. Llamad… Porque todo el que pide, obtiene, y el que busca, encuentra, y al que llama le abren.

Jesús apela a la bondad de los padres, para concluir: Si vosotros, que no sois ningún modelo de bondad, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, mucho más vuestro Padre del cielo dará su Espíritu Santo a los que se lo piden!

Si pedimos el Espíritu Santo, seguro que el Padre nos lo concederá: su Espíritu, que es el Maestro interior y nos lleva a penetrar en la verdad completa, en el sentido profundo de los acontecimientos, de las cosas y de las persona. Y nos enseñará la dirección que ha de tener nuestra oración para que sea escuchada: Decía un oriental: entre vosotros, milagro es cuando Dios hace lo que queréis y pedís. Entre nosotros, milagro es cuando nosotros hacemos lo que Dios quiere de nosotros. Ahí está el secreto: conocer qué es lo que Dios quiere y espera de nosotros y de los demás, para realizarlo.

Sin embargo, cuando llegue el Hijo del hombre ¿encontrará en la tierra gente con una fe como la de la viuda, o como la de María en Caná de Galilea o como el centurión que pide la salud su hijo o la mujer pagana que pide la de su hija? Es la fe del ciego: Señor, que vea. En cuando recuperó la vista, siguió a Jesús hasta Jerusalén…

P. Jaume Sidera, cmf
jsidera@ono.com
 
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