De desagradecidos el infierno está lleno. ¡Y también la tierra! Gracias a la multitud de desagradecidos, llegamos a convertir el mundo, la familia, la sociedad en un infierno. ¡Cuántas madres, cuántos padres, cuántos abuelos y abuelas tienen el corazón encogido y frío cuando ven que no siempre se les reconoce todo lo que han hecho por los hijos y los nietos!
Hoy la Eucaristía -que quiere decir acción de gracias- nos pone ante nuestros ojos dos preciosos modelos de personas agradecidas, personas que, como no eran israelitas, eran mal vistas e incluso marginadas.
A Jesús le supo muy mal que de 10 leprosos sólo uno volviera para darle las gracias. Sólo uno, ¡un 10%!, volvió. Y era un samaritano. Y éste único agradecido se fue a su casa no sólo curado de la lepra, sino salvado espiritualmente por la fe. Conectó con Jesús Salvador. La fe no hace distinción entre judíos y no judíos, entre ortodoxos y creyentes de cualquier signo.
Tampoco era judío Naamán, que tan agradecido y generoso se muestra con Eliseo. Le habría dado todo cuanto tenía y más que el profeta le pidiera. Pero Eliseo sabe muy bien que tiene que dar gratis lo que gratis ha recibido. Su gozo y su recompensa es constatar que el forastero se vuelve a su tierra glorificando al Dios de Israel. También la fe ha salvado a Naaman.
Naaman y sus compatriotas tenían una idea muy concreta del Dios del país, del Dios de la tierra. Por esto pide un favor muy curioso al profeta: unos sacos de tierra del país para hacerse en su casa un espacio donde poder adorar al Dios de la tierra de Israel, porque es el Único Dios. Ningún Dios hay tan grande y tan bueno como Él. De ahora en adelante, Naamán sólo adorará al Señor Dios de Israel y del universo entero.
Sería bueno que hoy, en esta Eucaristía, nos lleváramos a casa un deseo: el deseo de crear en nuestra casa un espacio que nos ayude a orar. Ya tenemos uno: cada uno de nosotros es un templo de Dios. Conectemos de vez en cuando con Él en casa o dondequiera que nos encontremos.
Demos gratis lo que gratis hemos recibido. Comuniquemos gustosos nuestra fe salvadora. Agradezcamos el don de la fe. Reconozcamos agradecidos los dones y tantas otras cosas que recibimos de Dios y de nuestros familiares, vecinos y amigos. Agradezcamos también el hecho de poder dar y recibir.
Y participemos con gozo en la Eucaristía donde: POR CRISTO, CON ÉL Y EN ÉL, A TI, DIOS PADRE TODO AMOR Y GENEROSIDAD EN LA UNIDAD DEL ESPÍRITU SANTO TODO HONOR I TODA GLORIA |