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comentario a las lecturas de la misa
domingo XXvii del tiempo ordinario (c)

Al atardecer de la vida, nos examinarán del amor

Dadme un punto de apoyo y levantaré la tierra... Lo decía Arquímedes hablando de la palanca. Y tenía razón. Pero no tenía el punto de apoyo. Y he aquí que Jesús nos da el punto de apoyo y la palanca para mover montañas y trasplantar moreras... La palanca es la fe, aunque sea tan menuda como un grano de mostaza. Y el punto de apoyo es el amor bondadoso del Padre Dios. Con la fe y el amor del Padre podemos mover montañas... Tenemos de ellos ejemplos muy espectaculares como el Cottolengo o la Madre Teresa de Calcuta. Los hay también no tan espectaculares como Cáritas y otras organizaciones al servicio de los necesitados. Y tenemos el ejemplo de tantos padres y de tantas madres, que, a pesar de todo, sacan a la familia adelante fiándose en la providencia divina y de tantos maestros y maestras que contra viento y marea van sembrando semillas de evangelio.

La fe no es cerrar los ojos a la realidad o cerrarlos para no ver nada. El profeta Habacuc se enfrenta con lo que él cree permisividad y silencio de Dios ante la historia humana tan a menudo víctima de la violencia de imperios y de dictaduras y de abusos de poder: ¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio y no me escucharás? ¿Gritaré: «Violencia», y no me salvarás?

La respuesta puede parecer poco convincente: Aguantar, tener paciencia, ofrecer resistencia pasiva cuando la activa es imposible. «El hombre de espíritu orgulloso se sentirá inseguro, pero el justo vivirá porque ha creído».

Por esto san Pablo nos anima a reavivar nuestra fe medio escondida y como amortiguada como el rescoldo bajo la ceniza. Reaviva la llama del don de Dios. Que nos ha dado no un alma de esclavo, de cobardía sino de firmeza, de amor y de juicio. Por lo tanto, no te avergüences de dar testimonio.

Actuar con fe y dar la cara no es ningún mérito nuestro, es un regalo de Dios. La actitud del amo y del criado puede parecer tiránica. Era la normal de aquella época. No existían las normas sociales de hoy. Y sin embargo, en estos tiempos de crisis, si bien el trabajo es un derecho, tenerlo es una lotería y trabajar un gran seguro...

A menudo en la plegaria eucarística decimos: Te damos gracias porque nos haces dignos de servirte en tu presencia. Dios no tiene por qué agradecernos que vengamos a Misa o porque llevemos una vida cristiana digna. No, es un don que tenemos que agradecer. «Servir a Dios es reinar». No nos podemos poner ninguna medalla. Las medallas nos las pondrá Dios en el examen final: «Venid, benditos de mi Padre»... porque al atardecer de la vida nos examinarán del amor.

P. Jaume Sidera, cmf
jsidera@ono.com
 
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