La lección es muy clara: Si para convertirte, necesitas un milagro a la carta, ya puedes esperar sentado o marcharte, porque no te lo darán en absoluto. Hay bastante con la palabra de Dios que leemos en la Biblia y que proclamamos en el evangelio. La Biblia es muy diáfana en este punto: «Ay de los que, recostados en lujosos divanes de marfil, se tienden a sus anchas en sus fiestas; banquetean con corderitos y gordos becerros; tocan la flauta sin ton ni son; imitan a David, inventando instrumentos musicales; beben vino en grandes copas y usan los más finos perfumes. ¡Pero nada les importa la ruina del país!»
Es la descripción del rico del evangelio. No dice que fuera un rico especialmente malo. No. Era un corto de vista y de mollera que se creía bendecido de Dios por el hecho de que disfrutaba a sus anchas aún en tiempo de crisis. Harto él, todo el mundo harto. ¿Estaba el pobre Lázaro a la puerta, anhelando engañar el hambre con las migajas que caían de la mesa espléndida del rico? Peor para él. Si es pobre, por algo será...
Pero Dios no puede tolerar esta situación. El profeta amenazaba a los ricachones de su tiempo al exilio de Nínive. El Evangelio mete su rico en el hades, en el país de los muertos, muriéndose de sed y anhelando una gota de agua. ¡Qué cambio de situaciones! Y sin embargo el abismo entre el rico egoísta y el pobre Lázaro continúa más allá de la muerte. Aún así, todavía se preocupa de sus cinco hermanos: que el Patriarca Abraham les envíe a Lázaro resucitado y los convenza del peligro que corren de sufrir su dramática suerte. Es inútil. Ya tienen la Biblia y al Sacerdote que pronuncia la homilía el domingo, y a las catequistas que forman la conciencia de los chicos de comunión y de confirmación... Que los escuchen. Si no escuchan a éstos, tampoco escucharán ni al mismísimo Cristo Resucitado, el Juez supremo.
El rico y sus cinco hermanos son la estampa de los abusones de guante blanco de hoy que sólo piensan en aumentar sus números verdes sin ni dignarse mirar a los millones de padres y madres que no pueden dar a sus hijos hambrientos ni un mendrugo de pan, mientras ellos derrochan millones y millones corrompiendo y sobornando, en viajes y negocios, explotando la naturaleza y manteniendo una buena parte del mundo en la miseria. ¿Cómo queréis que hagan caso del Párroco o de la Madre Teresa de Calcuta de turno o de Cáritas o de Arrels cuando les recuerdan las palabras de Jesús y de los profetas?
De todos modos, mientras señalamos con el dedo a estos «epulones» de hoy, tratemos de conformar nuestra mentalidad con la de Jesús y volvamos la mirada hacia tantos Lázaros que de una manera u otra nos alargan la mano pidiendo las migajas de las cosas que quizás nos sobran.
Es para pensárselo y pensárselo bien.
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Oh Dios: aleja de mí la falsedad y la mentira, y no me hagas rico ni pobre; dame tan sólo el pan necesario, porque si me sobra, podría renegar de ti y decir que no te conozco; y si me falta, podría robar y ofender así tu divino nombre.Prov 30,7-9 |