Cuanto mayor eres más humilde tienes que ser, y Dios te concederá su favor. Dios, que es verdaderamente poderoso, revela sus secretos a los humildes. El que se cree poderoso y sabio queda encerrado en un egoísmo estéril y se cierra a todo progreso, a nuevos conocimientos y a nuevas relaciones.
Antes se hablaba mucho de la humildad; tal vez demasiado. Después casi no se hablaba de ella... quizá como reacción contra una «virtud» que tendía a empequeñecer y a cortar las alas para grandes proyectos. Ahora se vuelve a hablar mucho de humildad, especialmente en los medios deportivos: no hay que dejarse llevar por los vientos favorables del éxito. Hay que tocar de pies en el suelo.
Pues bien, la humildad es una virtud profundamente cristiana y radicalmente humanizadora, y consiste en sentirse y comportarse delante de Dios y de los demás como somos, ni más ni menos. Humildad es andar en verdad, decía santa Teresa. Y san Pablo (Rm 12,3) exhortaba a los cristianos a no sobrevalorarse, sino a valorarse en la justa medida. Saber reconocer y agradecer los dones que Dios ha repartido generosamente a cada uno de nosotros.
El creerse mejor que los demás lleva a situaciones embarazosas, que pueden acabar en lamentables ridículos. Quien de ajeno se viste, en la calle le desnudan, dice el refrán, y como los invitados al convite de que nos habla Jesús hoy. La ambición, las ganas de figurar, de pasar delante de los demás suponen falta de urbanidad, de buenas maneras, de respeto y caridad porque lleva al menosprecio de los que tienen el mismo derecho que yo a sentarse más arriba o más abajo...
Conviene que los otros reconozcan lo que valemos por lo que somos, no por lo que aparentamos. También nosotros hemos de reconocer los méritos y las cualidades de los demás y valorarlas. «Ama al prójimo como a ti mismo». Trátalo como te gusta que te traten a ti.
Jesús da otra lección, una gran lección de altruismo a fondo perdido: cuando hagas una fiesta, invita a pobres, inválidos, cojos y ciegos. Feliz de ti porque como ellos no tienen con qué recompensártelo, Dios te lo recompensará cuando resuciten los justos.
Eso que parece tan extraño y tan contrario a lo que se suele hacer, lo vemos realizado por muchos cristianos en los días de Navidad. Lo hacen también las familias que acogen durante el verano niños y niñas de países con más necesidades, como lo hemos visto en Lleida estos días. Hay también muchos cristianos –ellos y ellas- que dedican tiempo y energías al servicio diario desde Cáritas y desde otras realidades parecidas. Son personas que ayudan sabiendo de sobras que nunca serán invitados por sus beneficiarios a su casa, porque a menudo ni casa tienen.
Pero el Padre Celestial se acuerda... El ángel de la guarda lleva la cuenta. Y el día del juicio, Jesús dirá: Venid, benditos de mi Padre, porque tenía hambre, tenía sed, no tenía qué ponerme, estaba en la cama o en la cárcel y ... Sí, cuando lo hacíais a uno de estos pequeños míos, me lo hacíais a mí. |