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comentario a las lecturas de la misa
domingo Xix del tiempo ordinario (c)

No temas, rebañito mío

No temas, rebañito mío... Somos pocos y sometidos a muchísimas presiones y pruebas para nuestra fe. Pues no temáis, porque Dios se complace en vuestra pequeñez para obrar maravillas, como las del grano de mostaza o como la levadura que transforma la masa.

Para esto, poned el corazón en lo que no pasa nunca y que los ladrones más ladrones no pueden robar: el amor y la solidaridad. Un amor que comparte con los otros para que todos experimenten la providencia de Dios, y así actúa eficazmente en la sociedad. Esto de “vender vuestros bienes” tiene una lectura muy clara: Todo lo que sabéis, podéis y tenéis no lo consideréis una propiedad vuestra exclusiva, sino que ponedlo generosamente al servicio de la comunidad. Pedro no se vendió la barca ni su casa, pero las puso sin condiciones al servicio de Jesús y del Reino.

Para esto hace falta mucha fe: una fe hecha de confianza y vigilancia. Porque el encuentro personal o comunitario con el Señor ocurrirá cuando menos nos lo pensemos. Recordad aquellos jóvenes de la noche de san Juan... O los que buscaban divertirse en la Loveparade... o los que pensaban pasar el río y ya no han vuelto. No es que fuesen mejores ni peores que nosotros. Pero seguro que no se lo esperaban. Jesús nos avisa que estemos a punto: con la luz de la fe encendida y con el corazón abierto para compartir con todo el mundo ...

Es éste el sentido de la fe: hoy leemos un bello elogio de la fe y de los creyentes. La fe no es creer lo que no vemos, sino ver con ojos nuevos y más penetrantes las cosas normales de la vida, poseer anticipadamente los bienes que esperamos, es conocer de antemano aquello que todavía no vemos.

Y nos pone el ejemplo de Abrahán y de muchos otros creyentes. Todos ellos murieron sin haber gozado de lo que Dios les prometía, sino contemplándolo de lejos y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y forasteros en el país.

La fe nos hace dar mucha importancia a nuestro presente, porque cada cosa que hacemos, pensamos o decimos deja una huella eterna. Si en cada cosa que hacemos, pensamos o decimos ponemos mucho amor, entonces formamos parte del pequeño rebaño de Jesús que va renovando, insensiblemente pero con eficacia y dando sentido a nuestro mundo.

P. Jaume Sidera, cmf
jsidera@ono.com
 
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