Hoy quizás valdría más callar y escuchar de nuevo las lecturas, que pueden parecer algo pesimistas: vanidad de vanidades... Más de cuatro se verán retratados en las palabras del Cohélet o el Predicador: Después que un hombre se ha esforzado en trabajar con conocimiento, maña y eficacia, lo tiene que dejar todo a otro que se ha esforzado nada. También eso es en vano, y es una gran desdicha. ¿Lo suscribiría alguien de vosotros?
Y se nos ocurre la plegaria del Salmo: Enséñanos a contar nuestros días para adquirir la sabiduría del corazón. Tener presente que el tiempo que Dios nos da de vida es un tiempo precioso que tenemos que aprovechar para crecer humanamente y cristianamente y para sembrar todas las semillas de bien que podamos.
Sí, necesitamos esta sabiduría del corazón, esta voz del sentido común. Recordad el evangelio. Es de gran actualidad. No hace mucho un «conseller» ponía en manos de la Virgen de Montserrat el problema de la sequía ... El otro día el Rey confiaba al Apóstol Santiago la solución de los problemas del país. En el evangelio de hoy un hermano pide a Jesús que le solucione un problema de herencia con su hermano. No, ni Jesús -ni la Virgen de Montserrat ni san Jaume- son albaceas testamentarios entre hermanos que se pelean por cuatro euros más o menos o por dos palmos de tierra. Si los hermanos no se entienden a las buenas, no hay abogado ni juez de paz ni parlamento ni rey ni papa ni el mismo Jesús que lo puedan arreglar. Esto se arreglaría con sabiduría del corazón y unos gramos de sentido común, de «seny», que decimos en catalán.
Hermanos, que tal vez estéis peleados, Jesús os recuerda que la avaricia cierra al avaro en él mismo. Se cree que tiene reservas para muchos años: reposa, come, bebe, diviértete. Y los otros que se fastidien... Pero Dios le dijo: «¡Vas errado! Esta misma noche te reclamarán tu vida y todo eso que querías guardarte, ¿de quién será?»
Amontonar bienes y millones es en vano. Los que pensaban hacerse multimillonarios con la burbuja inmobiliaria, se han encontrado de repente a dos dedos de la miseria. Es lo que pasa al que «reúne tesoros para él mismo y no se hace rico a los ojos de Dios.» Rico a los ojos de Dios se hace el que comparte lo que sabe, tiene y puede con los que ni saben ni pueden ni tienen. Para esto nos hemos de renovar a imagen del Creador que hace salir el sol sobre buenos y malos y envía la lluvia a justos y pecadores. Este hombre renovado en las fuentes del bautismo- donde ha muerto y resucitado junto con Cristo- vive libre de lo que deshumaniza: la mentira, la obsesión por el sexo, la obsesión del dinero, la frivolidad de vender-se el alma para no parecer pobre o parecerlo menos que el vecino… El cristiano supera i orienta toda la fuerza de las pasiones sometiéndolas al proyecto de amor del Creador que en Cristo crea una humanidad nueva: donde todos gozamos de la plenitud divina y humana de Jesús.
|