Tenemos una vocación de libertad. Dios nos ha creado y Cristo nos ha redimido para que seamos libres!!!! Se puede decir que todo el Nuevo Testamento es un clamor constante de libertad. Ya lo cantaba el anciano Zacarías: Nos ha hecho la gracia de servirle liberados de nuestros enemigos, sin miedo, santamente y con rectitud.
Libres de nosotros mismos, libres frente a la familia y la sociedad, libres en relación con las cosas, libres en relación a Dios, con la libertad que tiene un buen hijo con el mejor de los Padres, libres de todo aquello que no nos deja crecer ni desarrollar todo el potencial de humanidad que Dios ha depositado en nosotros. Jesús se nos muestra hoy como el hombre libre y liberador. Tiene delante una misión muy difícil: subir a Jerusalén donde le esperan situaciones muy duras.
En su camino encuentra un primer estorbo de parte de los samaritanos: le cierran el paso porque sube a Jerusalén, la ciudad enemiga. Si renuncia a subir, Samaría es su patria. ¡Una tentación! Y otro estorbo de parte de Jaime y Juan: destruir de un rayo a aquellos samaritanos impresentables. Jesús renuncia a toda violencia y continuará, a pesar de todo, su camino. Más todavía, estos samaritanos «impresentables» de hoy, mañana ofrecerán a Jesús personajes tan entrañables como la samaritana, el buen samaritano, el samaritano leproso, el único capaz de agradecer a Jesús la curación. El camino de Jesús es camino de libertad, de amor y de perdón.
En su andar hacia Jerusalén, Jesús propone sin tapujos su programa: formar una familia fundada sobre vínculos nuevos. Nosotros valoramos la estabilidad, unas normas morales muy concretas y seguras, una capacidad de meterse en todo sin comprometerse nunca del todo. Y Jesús dice que no, esto no vale para sus seguidores; para seguirlo hace falta una inmensa libertad y una capacidad igual para cortar toda clase de cordones umbilicales.
* «El hijo del hombre no tiene donde reposar su cabeza». No tiene un hogar fijo, va de aquí para allá como un nómada, con la libertad de los pajarillos voladores. Para hacer camino hay que ir ligeros de equipaje. Como los caracoles: omnia mea mecum porto: lo llevo todo conmigo.
* La nueva «familia» de Jesús tiene un valor supremo: realizar el proyecto de amor de Dios para todo el mundo, un proyecto que no puede ser frustrado por ninguna exigencia familiar, un proyecto que obliga a poner las relaciones familiares en otro nivel, más allá incluso que enterrar al padre. Conocía a cuatro hermanos seminaristas. Los tres se retiraron para atender a sus padres... y sus padres murieron solos. No se daban cuenta de que debajo de unos supuestos o reales deberes familiares, camuflaban otros intereses.
* Una dedicación plena a lo que llevamos entre manos. Antes, cuando se araba la tierra, hacían falta todos los cinco sentidos para que los bueyes o el asno hicieran el surco derecho. Hay que tener muy clara la escala de valores. Hay que liberarse de todo aquello que nos desvía de nuestra realización como personas y como cristianos.
Dejemos que resuenen en nuestros oídos las palabras de san Pablo: Cristo nos ha liberado para que seamos libres. Con una sola condición: llevados por el amor, poneos los unos al servicio de los otros. Es el resumen de toda la ley: Ama al prójimo como a ti mismo. He aquí la fuente y el motor de la libertad: el amor.
Esto lo sabéis muy bien los padres y madres y tantos otros que sin pretenderlo lo estáis haciendo en vuestra vida familiar, social o laboral: lo hacéis porque amáis. Ama te fac qod vis: ama y haz lo que quieras... Si no la vida no tiene sentido. |