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comentario a las lecturas de la misa
domingo Xii del tiempo ordinario (c)

Todos somos una sola cosa en Cristo

«¿Quién dice la gente que soy yo?» Es la gran pregunta que también podríamos hacernos y contestar nosotros hoy. Los discípulos respondieron lo que la gente decía: «Juan Bautista, Elías, un profeta de los de antes.» En cualquier caso alguien muy bien relacionado con Dios.

Muy bien: «¿Y vosotros, tú y tú y tú, quién decís que soy?» Pedro nos facilita la respuesta: «El Mesías, el Ungido de Dios.» Pero la palabra Mesías suscitaba sueños de grandeza y evocaba luchas y victorias sobre la Roma opresora. Sin embargo Jesús se agarra obstinadamente a su condición humana, y la condición humana supone entrar en el juego y en el choque de las libertades, un juego y un choque en que en principio suele perder el que tiene suficiente personalidad para enfrentarse a la rutina, a las falsas expectativas o a los valores del común de la gente.

Jesús no quiere engañar a nadie: El Hijo del hombre -¡Él mismo!- debe sufrir mucho: el gran consejo político-religioso de Israel lo rechazará, lo hará morir pero Él resucitará al tercer día.»

Mirarán aquel que traspasaron, decía Miqueas aludiendo a la cruz, y al verlo, los mismos que lo clavaron en la cruz, experimentarán, aunque sea tarde, un gran sentimiento de pesar por no haber sabido reconocer a tiempo al Hijo de Dios en el hombre Jesús.

Pero resulta que Jesús pronostica la misma suerte para los que le quieran seguir... Lo dice sin ambages. El seguidor de Jesús debe renunciar a ser el ombligo del mundo –debe negarse a sí mismo- , debe cargar cada día la ignominia de la cruz y ser con frecuencia el hazmerreír de la gente buena, frívola o inmovilista, y acompañarlo. La condición para lograr la plenitud de la vida es jugarse la vida a fondo perdido por Jesús y como Él. ¡Casi nada!

Mirémoslo de otra manera: Jesús nos dice que para ser discípulos suyos y ser personas honradas y cristianos decentes hemos ser LIBRES: libres frente a nuestros instintos y caprichos, libres frente a quienes nos rodean, libres frente a las cosas y libres incluso frente a Dios. Dios quiere que lo tratemos de tú a tú, sin miedo, como hijos a su padre. Pero la libertad tiene un precio y Jesús nos anima a pagarlo.

Esto que parece tan extraño, lo hacéis casi todos los que estáis aquí cuando sois fieles a vuestra pareja, como dicen ahora, cuando sois fieles a vuestros hijos, cuando mantenéis vuestra dignidad cristiana. Sois libres porque sois capaces de dar la vida por amor.

A esto nos invita Jesús. Esto es ser «mesías», liberadores de tantas opresiones e injusticias del mundo. Así realizaremos el proyecto del Padre Dios sobre nosotros: ser hijos suyos en Jesucristo. El día del bautismo nos pusieron simbólicamente un vestido blanco: los bautizados os habéis revestido de Cristo. Bajo este vestido blanco no cuenta ser judío o griego, esclavo o libre, hombre o mujer, sabio o ignorante. Todos somos una sola cosa en Jesucristo. El Padre nos ama a todos simplemente porque somos hijos. Demostremos que lo somos comportándonos como personas libres.

P. Jaume Sidera, cmf
jsidera@ono.com
 
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