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comentario a las lecturas de la misa
domingo Xi del tiempo ordinario (c)

Mujeres discípulas

De la Biblia hemos aprendido a distinguir claramente entre el pecado -absolutamente condenable- y el pecador, entre el crimen y el criminal. Juan 8, 44 define al diablo como homicida, que aspira a destruir la persona, y como mentiroso y padre de la mentira.

El caso de David es paradigmático: está en plena línea «diabólica»: a traición y alevosía ha hecho morir a Urías para apoderarse de su mujer. No tiene ninguna excusa. Él lo confiesa: «He pecado contra el Señor». Natan le respondió: «Está bien: el Señor pasa por alto tu pecado; no morirás». Condena inapelable del pecado. Salvación para el pecador arrepentido.

El evangelio de hoy es como nunca buena noticia. Una mujer que ha perdido el nombre, que todo el mundo conoce como la pecadora y la mira con desprecio, se presenta en la sala del convite interrumpiendo la paz del honorable Simón, el fariseo que ha invitado a Jesús a comer. Releed el evangelio. La mujer «la pecadora» es todo ternura, delicadeza, lágrimas, perfume. Cuando los comensales esperan que Jesús se libere de aquella impertinente por la vía rápida, Jesús le dice: tus pecados -¡y son tantos!- te quedan perdonados porque has mostrado tanto amor. ¡Vete en paz! Simón es un fariseo honrado, buena persona, pero le falta sensibilidad... sensibilidad hacia la mujer y sensibilidad hacia Jesús. No ha sido delicado con Jesús. Está más cerca de Dios «la pecadora» que el «santo» fariseo. Se asemeja a la parábola del hijo pródigo o a la del fariseo y el publicano.

Después de esto preparémonos para otra cosa «peor» y más escandalosa: Acompañan a Jesús como discípulas unas cuantas mujeres... que él había reestructurado curándolas y liberándolas de los elementos destructivos: los demonios... Tienen nombres concretos: María Magdalena, Juana mujer del intendente de Herodes Agripa, Susana y otras muchas... Y ellas responden a la bondad de Jesús siguiéndolo y manteniéndolo con sus bienes. Unas mujeres fieles que le acompañan por todas partes hasta la cruz. Son testigos de la vida, de la muerte y de la resurrección de Jesús. ¿En qué se diferencian pues de los Apóstoles?

Bien podemos decir que no hemos prestado mucha atención a este fenómeno que era un auténtico escándalo para la gente bienpensante del tiempo de Jesús. Y quizás continúa siendo un escándalo -y una invitación a cambiar de esquemas- para mucha gente bienpensante de ahora y aquí.

P. Jaume Sidera, cmf
jsidera@ono.com
 
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