La lectura de Isaías i el evangelio tienen un tema común: la vocación como llamada de Dios.
Isaías, en una celebración litúrgica en el Templo de Jerusalén, se siente repentinamente sorprendido por la presencia soberana de Dios: Dios tres veces santo, es decir, Santísimo, trascendente, inmenso! Entre las nubes del incienso que envuelven el altar, Isaías se ve presa de estupor y de miedo. Se ve muy pequeño y muy indigno ante la santidad de Dios. Hombre de labios impuros en medio de un pueblo impuro de labios... Pero este Dios inmenso e infinito ama entrañablemente a su pueblo que le menosprecia, que se va tras otros dioses, que se destruye y que al paso que va, caerá en manos de los enemigos. Y Dios, el Absoluto, el Poderoso, el clemente y compasivo necesita un portavoz que hable al pueblo en su Nombre: «¿A quién enviaré? ¿Quién nos irá?» Yo respondí: «Aquí estoy: envíame».
¡Heme aquí, aquí estoy! A menudo cantamos aquella canción que originariamente decía así: Hinnení, pareimi, ecco mí, me voici, heme aquí, Señor: palabras que en hebreo, griego, italiano, francés y castellano dicen lo mismo. Y expresan la actitud de Abrahán, Isaías y Moisés... Y también de María: la imagen que tenemos en esta iglesia, significa esto: ¡Heme aquí!
Jesús manda a Pedro que eche las redes después de no haber pescado nada de nada en toda la noche. Pedro obedece: en tu nombre echaré la red...
Y se produce la gran maravilla... Redes llenas a reventar... El hecho le golpea a Pedro la conciencia de la proximidad de Dios actuando a través del Maestro y se siente profundamente indigno de estar en su presencia. Señor, apártate de mí: soy un hombre pecador.
Ha pasado de llamar a Jesús Maestro a adorarlo como Señor. Ahora, conociendo sus límites y la fuerza inmensa que le da su unión con Jesús, que lleva en la barca, podrá ser pescador de hombres. Lo será siguiendo a Jesús y, más que dejándolo todo, lo pondrá todo: -su persona y sus cosas- a disposición del Señor y de la comunidad. Y como él, Santiago y Juan... y tú y yo. Solos podemos poca cosa. Con Él somos mayoría absoluta.
San Pablo también nos habla de su vocación cristiana. Primero perseguía a Cristo, no merecería ser lo que era porque había perseguido a su Iglesia. Pero en su pobreza encuentra toda la misericordia de Dios, acoge su gracia y con esta gracia ha trabajado más que nadie en la propagación del evangelio. No estaba solo: había recibido y asimilado los fundamentos de la fe, los mismos que nosotros proclamamos al rezar el Credo: Creo en Dios y en Jesucristo, muerto y sepultado, que resucitó al tercer día... Y ahora está aquí entre nosotros. |