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comentario a las lecturas de la misa
domingo iii del tiempo ordinario (c)
El Evangelio es todo él un mensaje de libertad

No estamos muy acostumbrados a que el evangelio empiece dirigiéndose a un Excelentísimo Teófilo, a quien su autor Lucas garantiza que ha escrito con gran exactitud todo lo que él ha recogido de labios de los testigos directos de los hechos y de las palabras de Jesús. Teófilo significa amigo de Dios. También nosotros somos excelentísimos amigos y muy queridos de Dios, que gracias a san Lucas podemos estar seguros de la solidez de la enseñanza que hemos recibido.

Tras el prólogo, Lucas nos presenta a Jesús en su primer contacto con sus convecinos de Nazaret. En la sinagoga Jesús hace casi lo mismo que hicieron Esdras y sus ayudantes en la gran liturgia que hemos oído explicar en la primera lectura. Y nosotros ahora y aquí hacemos casi lo mismo que hizo Jesús: unos lectores o lectoras nos han leído unos textos y después de proclamar el evangelio, el presidente, nuestro Párroco, se dispone a hacer la homilía.

Sí, también Jesús desplegó el rollo del profeta Isaías y leyó lo que acabamos de oír: «El Espíritu del Señor reposa sobre mí, puesto que él me ha ungido para llevar la Buena Nueva a los desvalidos, me ha enviado a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos el retorno a la luz, a dejar en libertad los presos y a proclamar el Año de gracia del Señor». Después hace la homilía. Una homilía muy sencilla, pero cargada de sentido. «Lo que hoy oís contar de mí es el cumplimiento de estas palabras de la Escritura».

El Espíritu del Señor ha ungido, ha «Cristificado» -Cristo quiere decir ungido- a ese Jesús, el carpintero de Nazaret y le ha confiado la misión de devolver la persona a su dignidad original: la libertad, superando opresiones y depresiones, cautiverios y limitaciones, enfermedades y achaques, iluminando los ojos y abriendo los oídos, para que podamos oír y nos podamos mover sin estorbos....  En una palabra, Jesús proclama en Nazaret el Año de Gracia, el año jubilar que se celebraba cada cincuenta años y en el cual todos los israelitas que habían perdido los bienes y la libertad, los recuperaban. Este año de gracia, proclama Jesús, se inaugura HOY.

El evangelio es todo él un mensaje de libertad. No sé como nos lo hemos arreglado los cristianos para que pese a este llamamiento a la libertad, a menudo demos la impresión de que somos gente con alma de esclavo, sin grandes aspiraciones y sin la alegría de un hijo que se siente muy amado de Dios y a moverse en su presencia como un hijo en su casa.

San Pablo nos señala unas pautas para mover-nos con esta libertad creadora: Todos nosotros formamos en Cristo un solo Cuerpo, animados por un mismo Espíritu, bautizados y nutridos con el Pan de la Eucaristía. Y en este cuerpo todos tenemos una función personal e imprescindible. Nadie es más ni menos que nadie. Todos nos necesitamos y el bien de todos depende del bien y de la acción de cada uno. El Espíritu nos iguala a todos: se han roto las barreras de raza, de lengua, de historia, de cultura, de religión. Dentro de esta profunda y tan gozosa unidad hay una variedad inmensa de funciones: hay apóstoles que hacen llegar a todo el mundo la palabra de Dios. Hay profetas, que actualizan la Palabra en la liturgia o fuera de ella. Hay catequistas, que hacen resonar la palabra aclarándola y explicándola. Los hay que tienen manos de ángel para curar, ayudar, iluminar con su consejo... No todos lo hacemos todo, pero entre todos lo hacemos todo.

Tomemos conciencia de lo que somos y aprendamos a respetar amorosamente los «carismas» de los demás. Unidad en la diversidad. Caridad en todo. Este respeto y esta actividad no nos vienen impuestos desde fuera, sino que son consecuencia de lo que somos. Somos el sacramento de la presencia de Jesús de Nazaret que continúa anunciando en nuestra parroquia el Año de Gracia del Señor.

Estamos celebrando la semana de oración por la unidad de los cristianos que desgraciadamente estamos divididos, como si hubiéramos perdido la conciencia que en Cristo somos un solo Cuerpo. Hay que superar los dogmatismos y sectarismos que nos empeñamos en mantener en aras de la fidelidad al evangelio. Hemos de acentuar lo que nos une frente a lo que nos separa. Creemos ámbitos de amor y de libertad Sintámonos vivamente miembros de Cristo, sobre todo cuando rezamos juntos el Padre nuestro...

HOY, hermanos, Jesús, desde la sinagoga de Nazaret hasta ahora, continúa proclamando el Año de Gracia del Señor. Ojalá que salgamos de esta Eucaristía haciendo nuestra esta palabra de Jesús. Que rompa las cadenas que no nos dejan vivir en libertad nuestra condición de Hijos.

P. Jaume Sidera, cmf
jsidera@ono.com
 
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