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comentario a las lecturas de la misa
domingo ii del tiempo ordinario (c)
El Esposo es Jesús que celebra las bodas con la humanidad

Me conmueven las palabras de enamorado que el profeta Isaías pone en labios de Dios hablando a Sión. Jerusalén-Sión ha quedado arrasada, abandonada, sin templo: sin Esposo. Pero ahora llega la hora de recomponer la relación. Si hasta ahora era una ciudad desolada como una esposa abandonada, sin marido, ahora le dirán: «Yo te quiero» y a la tierra: «Tiene-marido». Han encontrado el amor primero. Quien te ha reconstruido te tomará por esposa como un joven desposa a una doncella; tu Dios estará contento de tenerte como el novio está contento de tener la novia. No estamos acostumbrados a este lenguaje amoroso y tierno. Pero es una maravilla.

Pues bien, el Evangelio nos invita hoy a unas bodas: las bodas de Dios con su pueblo.

Los días pasados celebrábamos la epifanía: la manifestación de Dios a los pastores, a los magos, al pueblo en el Jordán. Hoy en las bodas de Canà, celebramos la epifanía del amor esponsal de Dios con la humanidad, con nosotros. El Verbo de Dios, al hacerse carne, al hacerse Palabra humana, nos hace participar de su divinidad. Nos admite a la máxima intimidad con él. «Estoy a la puerta y llamo, nos dice. Si escuchas mi voz y me abres, entraré a cenar contigo».

Hoy todo es alegría. Hay muchos invitados. El grupo de discípulos alegres y risueños y con ganas de juerga. Todo el mundo está contento... Todos menos una invitada, una mujer laboriosa y atenta que siente helársele el corazón. Nadie se da cuenta, pero escasea el vino... y la fiesta acabará en un desastre. ¡Qué vergüenza para los novios! Y se decide a intervenir...

- No tienen vino.

-¿Y qué? No nos viene ni nos va... No ha llegado mi hora.

Es verdad, Hijo, no ha llegado tu HORA, el momento de la pasión-muerte-resurrección, en que derramarás a chorros tu Espíritu... Pero ahora... Es verdad, si no ha llegado el gran momento, pero puede haber un anticipo, un vermú, para entendernos...

Y Maria -fijaos cómo san Juan nunca da el nombre de la Madre de Jesús, se dispone a actuar. Dice a los sirvientes:

- Haced lo que él os diga.

Son las únicas palabras de María, la Madre de Jesús, en el evangelio de san Juan. Pero lo ha dicho todo. Y continúa haciéndonos la misma recomendación.

Y su intervención mueve a Jesús a actuar. ¡Cuánta agua convertida en vino! ¡Y qué buen vino!

Para un milagro hace falta la fe de alguien sencillo y humilde como María; estar dispuesto a hacer lo que Jesús diga y poner a su disposición el agua o los cinco panes o los dos peces o la pequeña y discreta intervención... El resto lo hará Jesús.

Los novios no saben nada. El jefe de servicio tampoco sabe de dónde viene aquel vino... Ni como se las ha compuesto el novio para reservar el mejor vino al acabar el banquete... Pero lo dicen sin saberlo: El Esposo es Jesús que celebra las bodas con la humanidad. Y las renueva en cada Eucaristía sirviéndonos el Pan y el Vino de la Eucaristía.
María impulsa a Jesús a obrar. En la fe de María, Jesús lee la voluntad del Padre. Y el resultado de su fe es el milagro de Canà, donde Jesús manifiesta su gloria. Y los discípulos creen en Él.

María, la Madre de Jesús, la Mujer de fe, aparece en dos momentos significativos en el evangelio de Juan: en Canà, y ya hemos visto cómo, y en el Calvario. La fe le ha hecho intervenir en Canà, y la mantiene firme al pie de la cruz en el Calvario. Y así llega a ser la Madre de la nueva humanidad, nuestra Madre.

Después de esto, Jesús bajó a Cafarnaüm, con su madre y sus parientes y discípulos. Desde ahora se visualiza la nueva familia unida con lazos de fe y de amor. Nosotros somos la continuación y actualización de esta familia. Cada Eucaristía nos lo recuerda, nos anima y nos da la alegría y la fuerza para continuarla y aumentarla.

P. Jaume Sidera, cmf
jsidera@ono.com
 
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