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comentario a las lecturas de la misa
domingo Vi del tiempo ordinario (b)
Si quieres me puedes purificar

Cualquier tiempo pasado fue peor... o más o menos como el presente. Fijaos si no en la situación del leproso: la Biblia dedica algunas páginas a hablar de las diversas clases de lepra y de su tratamiento. Generalmente con el nombre de lepra se refiere a diversas erupciones de la piel, más o menos repelentes. Pero en cualquier caso el leproso estaba condenado a la marginación social y religiosa no sólo por el peligro de contagio, sino también por llevar en la piel el estigma de una maldición divina. La lepra era una impureza que cerraba el paso al templo, a la sinagoga, a la vida civil. La primera lectura de hoy es muy elocuente al respecto.

Años atrás había en Barcelona una leprosería. Una señora, leprosa, muy mayor, se consolaba de su situación con una frase que atribuía al P. Claret. En este mundo tot és fam, fems i fum... No hace falta traducirla. Pero expresaba que no había mucho lugar para la esperanza. Podríamos recordar la isla de Molokai con la figura del P. Damián...

El leproso del evangelio toma una decisión arriesgada: se salta todas las barreras y se acerca a Jesús. Sabe que es bueno y que se compadecerá de él. No se equivoca. ¡Qué oración tan linda la suya! Nos la podríamos apropiar los que tantas veces nos lamentamos por no saber orar como es debido. Si quieres, me puedes purificar... Porque alguna brizna de lepra nos queda en el fondo del fondo del alma, de la cual sólo Jesús nos puede curar.

Jesús se siente profundamente conmovido: le ha cogido de sorpresa la audacia del leproso. Y se le revuelven las entrañas de compasión. La enfermedad será lo que sea y la ley podrá decir lo que quiera... Pero el enfermo... El enfermo es un hijo de Dios. Necesita más que nadie una caricia paternal de Dios. Jesús lo mira, lo toca y lo purifica. Claro que lo quiero. Queda limpio.

Jesús se juega mucho con su gesto: primero tocando al leproso contrae su impureza...También Él tendrá que purificarse si quiere entrar en los pueblos. Segundo: declarar puro o impuro a alguien tocaba a los sacerdotes, no a un laico por muy profeta que fuese. Por esto Jesús envía al hombre a los sacerdotes. El hombre cumple, pero aprovecha el camino para proclamar por donde pasa el gran beneficio que ha recibido de Jesús... provocando un entusiasmo que podría comprometerle.

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San Pablo nos pide que hagamos de nuestra vida una alabanza a Dios por todo lo que comemos y bebemos, por todas las cosas de que disfrutamos. Cuando nos relacionamos con los demás, respetando siempre los sentimientos y sus creencias... con flexibilidad y firmeza a la vez. No buscando la propia conveniencia sino el bien de todos, para que todos se salven: se realicen humanamente haciéndose discípulos y seguidores de Jesús... Ojalá podamos decir alguna vez la expresión audaz de san Pablo: Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo. ¡Ojalá!

P. Jaume Sidera, cmf
 
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