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comentario a las lecturas de la misa
domingo v del tiempo ordinario (b)
Yendo llenos de Dios, seremos testigos vivos de su presencia

El evangelio nos presenta una jornada de trabajo de Jesús de Nazaret. Antes que Pablo, Jesús, siendo libre como Hijo de Dios, se ha hecho esclavo para traernos la buena noticia de que Dios nos ama. Se hace débil con los débiles, se hace todo para todos para restaurar nuestra dignidad de hijos de Dios.

Con este espíritu se presenta Jesús en Cafarnaüm. Comienza la jornada festiva asistiendo a la sinagoga y enseñando en ella como nunca nadie había enseñado: con autoridad. Desde niño había ido a la sinagoga a rezar y aprender. Ha aprendido tanto, que ahora puede volver como maestro. Su boca habla de la abundancia de vida y de amor que llena su corazón.

Después pasa unas horas en familia. Y mira por dónde, la suegra de Pedro, mujer trabajadora y generosa, yace enferma en la cama con una fiebre pertinaz. Jesús le da la mano y la cura. Y ella, incapaz hasta ahora de hacer nada, una vez restablecida se pone al servicio de Jesús y del grupo que le acompaña.

Al atardecer, después de unas horas en casa de Pedro, cuando el sábado se ha acabado, Jesús sale a la plaza y se pone a tratar con la gente y a curar muchos enfermos de diversas enfermedades; y a reestructurar las personas echando fuera a los «demonios» convencidos de que sabía quién era Jesús. Jesús les hacía callar.

Tras la jornada agotadora, Jesús descansa y duerme. Pero de madrugada, cuando todavía estaba oscuro... sale al descampado a orar. Lo necesita. Necesita comentar con el Padre todo lo que ha vivido de la mañana hasta la noche y consultar con él su plan de campaña. Maestro, todo el mundo te busca. Llegó el momento de actuar, ahora que tenemos ya el campo preparado para la siembra... Sutil tentación... Pero Jesús no se deja acaparar por la gente ni cede al señuelo del éxito fácil. La misión que el Padre le ha confiado y que ha visto muy clara en la oración, va más allá de Cafarnaún. Le esperan muchos otros pueblos: Vamos a otros lugares, los pueblos vecinos, para predicar también allí, que para esto he venido.

Esta es la jornada de Jesús que puede ser el modelo de nuestro domingo: vamos a misa a expresar y alimentar comunitariamente nuestra fe, vivimos en familia un buen rato y creamos un clima de amor, de comprensión, de mutuo servicio, nos relacionamos con todos y hacemos el bien que podemos. ¿Y oramos?

Jesús nos enseña que para un hombre libre, todo espacio es sagrado: el templo, la familia, las calles, la plaza mayor... Tiene tiempo para compartir la oración comunitaria, la vida de familia, las angustias, alegrías y esperanzas de la gente y también para la oración personal.

Yendo llenos de Dios como Jesús, seremos testigos vivos de su presencia. Esta podría ser una buena manera de promover la nueva evangelización que tanto nos recomienda el Papa Benedicto y nuestro obispo Juan.

Recuerda que mi vida no es sino un respiro, nos decía Job. Aprovechémoslo bien para inspirar alegría, esperanza y paz. Seguro que nuestros ojos volverán a ver la felicidad, la felicidad de Jesús, la de pasar por la vida haciendo el bien.

P. Jaume Sidera, cmf
jsidera@ono.com
 
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