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comentario a las lecturas de la misa
domingo iV del tiempo ordinario (b)
Jesús hablaba con autoridad

¿Y si empezara diciendo que nuestra asamblea se parece bastante al culto de la sinagoga? Allí acudía gente de toda clase y condición, para compartir la fe y alimentarla con la Palabra de Dios. Un feligrés, en este caso Jesús, comentaba la lectura del día... como hago yo hoy... Pero ¿y el endemoniado? ¿Dónde está el «endemoniado»? Pues no lo sé. Tampoco entonces había muchos endemoniados «oficiales». Porque entonces, como ahora, el espíritu maligno no acostumbraba a actuar violentamente, espectacularmente... Sencillamente, se infiltraba de forma suave y hasta elegante, so capa de bien. Es un lobo espabilado: se disfraza con una piel de oveja...

Pero ¿qué es un hombre poseído por un espíritu maligno? Ante todo es un «poseso», es decir, una persona que no se pertenece a sí misma, es un esclavo. Un «adicto»: drogadicto, adicto al alcohol, al juego (la ludopatía!), a la pornografía... Lo es también el que compra o come o bebe compulsivamente, el que vive por encima de sus posibilidades para no quedar mal..., el hipócrita y el embustero... En el fondo el poseso deja de pensar con su cabeza y de mirar con sus ojos... Deja que otros piensen, decidan y hablen por él. Todo esto que destruye o esclaviza o despersonaliza es obra del espíritu maligno. Llamadlo como queráis.

Jesús empieza su misión liberando de todo esto. Pero a veces, como estamos bien donde y como estamos, la presencia de Jesús estorba. Como el endemoniado de la sinagoga, diremos de Jesús que es el Santo de Dios, rezaremos el Credo de punta a cabo... Pero no nos gusta que nos saquen de nuestra rutina, aunque sea destructiva. Jesús nos manda callar y saca de nosotros el veneno que nos paraliza.

La gente de Cafarnaún, no lo comprendía demasiado. Pero se preguntaba: ¿Qué es esto? Enseña con autoridad una doctrina nueva. Incluso manda a los espíritus malignos y le obedecen... Jesús habla con autoridad. Como el profeta de quien hablaba Moisés semejante a él: fiel a Dios y fiel a los hombres. Plenamente coherente en lo que dice y en lo que hace.

Jesús cuando habla sabe lo que dice, porque habla de lo que sabe porque lo ha visto, lo ha orado, y está convencido. El escriba, el sabio de la Ley, era un repetidor: el Rabino tal dice esto. El Rabino cual dice tal otra. Repetía y nada más. Algo así como nosotros: el evangelio dice, la Iglesia dice, el diario o la TV dicen... Y tú... ¿qué dices tú?

Jesús conoce la Ley, pero sobre todo conoce la intención de Dios al dictarla. «Habéis oído que se dijo.... Pero yo os digo...» No matarás, no mentirás, no adulterarás, es decir, respetad la vida y su fuente. Ama a la persona –hombre o mujer- de pensamiento, palabra y obra. Respeta la palabra y dale el valor que tiene.

Si os preguntase qué enseñaba Jesús en la sinagoga de Cafarnaún, ¿qué me diríais? Probablemente me repetiríais el sermón de la Montaña... Marcos, en cambio, no dice nada de lo que Jesús predicó allí...El evangelista nos invita no a saber lo que dijo, sino a mirar lo que hizo y como lo hizo. Las acciones de Jesús son ya enseñanza. Más adelante podremos oír y entender lo que decía.    

Por fortuna hoy venimos a misa porque queremos, bautizamos a los niños porque creemos en el bautismo, y los preparamos para la comunión y para la confirmación. Las parejas se casan para recibir un sacramento, no para celebrar una fiesta, que también se ha de celebrar, faltaría más. Podemos seguir un camino de libertad interior, iluminados por la Palabra y el ejemplo de Jesús. Porque nos sentimos hijos muy amados de Dios y nos alimentamos con el pan de la Eucaristía como miembros libres de una gran familia.

P. Jaume Sidera, cmf
 
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