La gente hacía tan poco caso de Dios, que Dios optó por callar. Se produjo el silencio de Dios. Lo buscaban por todas partes y no lo encontraban ni oían su palabra. No necesitaban profetas en Israel: la Ley y las minuciosas interpretaciones de los sabios no dejaban espacio para la palabra de Dios. Tampoco la necesitamos nosotros. ¡Hay tantas soluciones para todo! ¡Tenemos tantos sabios e intelectuales, tantos agnósticos y ateos, tantos tertulianos y artículos de opinión que no necesitamos a Dios. Ya lo sabemos todo. ¿De veras?
Ya el profeta Amós (8,11-12) pronosticó «Vienen días en que enviaré hambre al país: no hambre de pan, ni sed de agua, sino hambre de oír la palabra». Aunque digamos que no, hay hambre y sed de palabra. Veamos si no, ¡cuánta gente que no va a misa ni creen en la iglesia ni en Jesús, que buscan la paz y la plenitud lejos: en la espiritualidad oriental, en religiones esotéricas, en la astrología, en el horóscopo! Buscan lejos lo que tendrían tan cerca si prestasen oído y escuchasen.
En Israel un día surgió un profeta y más que profeta: Juan Bautista. Cuando Jesús fue bautizado en el Jordán, el cielo se rasgó, el Espíritu descendió sobre Él y el Padre proclamó: Tú eres mi Hijo. ¡Escuchadle! Y Jesús empezó a proclamar: Ha llegado la hora. Dios se dispone a intervenir, convertíos, sintonizad con él.
Un sábado Jesús entró en la sinagoga de Cafarnaúm, como venimos a misa nosotros el domingo. Los judíos cada semana se reunían en la sinagoga a escuchar la Palabra de Dios, a rezar y a compartir. Estaban acostumbrados a oír homilías muy cuidadosamente preparadas por el responsable de turno. Pero Jesús era diferente. No enseñaba como los maestros de la ley, sino con autoridad. No era un repetidor de fórmulas más o menos sabidas. Además de hablar, actuaba: cuando veía personas desestructuradas, poseídas de ideas y sentimientos destructivos, las liberaba, las sacaba de su marginación física o espiritual. Como dice el evangelio, Jesús con su palabra eficaz, echaba los demonios. Y la gente no salía de su asombro: « ¿Qué quiere decir esto? Enseña con autoridad una doctrina nueva, incluso manda a los espíritus malignos, y le obedecen». Su autoridad se basaba en la coherencia entre palabra y vida, entre doctrina y comportamiento filial con Dios y fraternal hacia los demás.
Entonces la gente se dio cuenta que había llegado el profeta que Moisés había anunciado en nombre de Dios: Yo haré que se levante de entre sus hermanos un profeta como tú, le pondré en los labios mis palabras y él les dirá todo lo que yo le ordenaré. Ya lo tenemos aquí, es Jesús de Nazaret. Escuchémoslo.
Profeta es el que en nombre de Dios e inspirado por Él ilumina los acontecimientos de cada día y los interpreta. Sabe leer lo que dicen los «signos de los tiempos». San Pablo se encontró en un mundo similar al nuestro, con una libertad sexual sólo superada por la que vemos ahora. No se desesperó. Recordó la palabra y el ejemplo de Jesús. Sintonizó con el Espíritu Santo y a la pregunta: ¿Vale la pena casarse? Claro que sí, respondió. Marido y mujer sois el sacramento, el signo visible del amor que Dios nos tiene como personas y como sociedad. Amaos, respetaos, orad, vivid en paz. Vuestra vida cristiana ya es una palabra de Dios para los conciudadanos.
Pero en aquella comunidad de Corinto surgieron unos muchachos y muchachas, indignados porque los obligaban a casarse. Y conociendo y amando a Jesús, se dieron cuenta de que era posible otro mundo, otra manera de vivir la sexualidad, que el Reino de Dios necesitaba personas libres y liberadas para atender a la comunidad en la necesidad que tiene de Dios. Intuyeron que podían realizarse plenamente como personas viviendo a fondo la virginidad como expresión de entrega generosa a Dios y a la comunidad y se comprometieron. Fue un grito de libertad que sacudió muchas conciencias. Y san Pablo les dijo que sí, que muy bien. Sufrieron la incomprensión y violencia de todo tipo. Si leéis el santoral lo encontraréis lleno de vírgenes y mártires. Testigos de hasta qué punto se puede amar a Jesucristo y a las personas como Jesús las ama.
Ante la tiranía del pansexualismo que encierra la vida humana del ombligo para abajo, y que se empeña en decir que no se puede ser persona ni moderna si no usa y abusa de la sexualidad, Jesús llama a vivir como él.
Cuando pedimos que Dios nos envíe vocaciones pedimos dos cosas: que las familias cristianas sean coherentes y signos de la presencia amorosa y fecunda de Dios en nuestro mundo. El matrimonio es una vocación preciosa. Y pedimos también que muchos chicos y chicas descubran el valor de la virginidad como una manera muy humanizadora de vivir el amor. Que se planten sin miedo ante un mundo que esclaviza con el pretexto de liberar. Lo hizo Jesús, lo hizo Pablo y lo proclaman con su vida innumerables cristianos y cristianas de todo tipo y edad. |