Jonás es un profeta atípico. Por orden de Dios se va a Nínive, la ciudad maldita, opresora y tiránica, la gran enemiga de Israel a proclamar: Dentro de 40 días Dios destruirá esta ciudad. Pero desde el rey hasta el más pequeño le hacen caso, cambian de vida y Dios los perdona. Jonás, en vez de alegrarse, se enfada, porque no realizándose su anuncio de destrucción cree que ha quedado mal. Su honor vale más que la misericordia de Dios que desdice del mal que había predicho cuando la persona se decide a practicar el bien.
Jesús se presenta en Galilea proclamando el evangelio, la buena nueva de Dios: ¡Ha llegado la hora, el Reino de Dios está a las puertas, Dios se dispone a intervenir como rey en el mundo! Cambiad vuestra manera de pensar y creed en esta buena nueva y en el mensajero que proclama.
El mensaje es simple. Pero, como siempre que oímos hablar de reino o de intervención de Dios en el mundo nos imaginamos acciones prodigiosas y contundentes, hay que cambiar de chip y abrir los ojos y prestar oído atento porque Dios no actúa como nosotros lo esperamos o imaginamos sino a la manera de Jesús: nada de violencia ni de acciones espectaculares, sino en la humildad y la rutina del día a día.
El reino de Dios es el proyecto que Dios se propuso al crear el mundo y el hombre y se realiza hoy cuando nosotros lo hacemos nuestro, abrazamos su voluntad que es de adelantar a nuestro tiempo lo que ya es realidad en el cielo, en la plena comunión con Dios. ¿Cómo? Haciendo que el pan de cada día llegue a todos, el pan y el perdón, la comprensión y el amor, cuando nos cerramos en banda a todo lo que, con pretexto de bien mayor e inmediato, acaba obstruyendo el pleno desarrollo de la persona humana. Es esto lo que pedimos siempre que decimos el Padre nuestro.
Para este anuncio de conversión y de cambio de mentalidad, Jesús llama a cuatro pescadores ocupados en el trabajo rudo de cada día: Pedro y Andrés, Santiago y Juan y los invita a seguirlo para convertirlos en pescadores de hombres. Son personas generosas y decididas: lo dejan todo, lo arriesgan todo y se ponen a disposición de Jesús. Más que dejar la familia y la casa, lo que Pedro y los demás hacen es poner a disposición de Jesús lo que son y lo que tienen. De ahora en adelante la barca y la casa de Pedro serán la barca y la casa de Jesús. Ha convertido lo que es «mío» en «nuestro»: solidaridad y acogida.
Esta es la conversión que Jesús pide y lo que nos insinúa san Pablo hablando a los corintios de su tiempo: Como el tiempo es corto y pasa muy aprisa, no pongamos el corazón en cosas o personas frágiles y fugaces sino en los valores permanentes. No demos un valor absoluto a lo que es relativo. Demos a las personas y a las cosas el valor que tienen. Seamos libres y actuemos con libertad impregnada de amor.
Aprendamos a relacionarnos con las personas, -mujer, hijos, marido- no con dependencia sino como personas libres y liberadoras. No somos propietarios de nada, somos sólo administradores de los bienes de que disponemos. Aprendamos a disfrutar de las cosas sin agotarlas, a no sufrir demasiado penando, que no hay pena que diez años dure. Esta es la conversión a la que Jesús nos llama hoy. Sigámosle como los cuatro pescadores Pedro y Andrés, Santiago y Juan. Y recemos con devoción y sencillez la oración del salmo de hoy:
Haz que conozca, Señor, sus rutas,
que aprenda tus caminos.
Camine en tu verdad, enséñame,
porque tú eres mi Dios y Salvador.
Y un apunte final: que el reinado efectivo de Dios se refleje en la unión de todas las iglesias unidas por una misma fe y separadas por historia o teorías que no resistirían una confrontación leal con la buena nueva de Jesús. La desunión y el enfrentamiento han de ceder el paso al evangelio de Jesús que sueña en vernos como a hijos de un mismo Padre unidos por el mismo Espíritu. |