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comentario a las lecturas de la misa
domingo ii del tiempo ordinario (b)
¡Hemos encontrado al Mesías!

Como Abraham y Samuel... ¡Lo hemos cantado tantas veces! Heme aquí, Señor, aquí estoy, que en la letra primitiva de la canción se expresaba en hebreo, griego, italiano, francés y catalán: Hinnení, pàreimi, eccomí, me Voici, Sóc aquí, Senyor...

Es la actitud de apertura a la voz del Señor. La imagen de la Virgen que tenemos en nuestra iglesia tiene justamente este título: Aquí estoy.
Y es que nuestra vida es una respuesta a una llamada de Dios: Dios nos ha llamado a existir como personas, a ser cristianos, a ocupar un lugar en la vida familiar, social, religiosa... Todos tenemos confiada una misión. Es cuestión de estar atentos a estas llamadas y responder generosamente viviendo a fondo el don que él nos ha hecho. Hoy las lecturas nos presentan modelos de vocación y de respuesta.

Samuel, aunque vivía en el templo de Siló, todavía no sabía discernir si la voz que oía era la del viejo sacerdote Elí o la de Dios. Pero estaba dispuesto a responder inmediatamente. Elí sí lo sabía, pero no hacía mucho caso. Samuel era un niño cuando recibió el encargo de anunciar al gran sacerdote Elí que Dios estaba muy descontento de él porque consentía que sus hijos Ofni y Fineés alejasen al pueblo del culto del templo con su mal comportamiento caprichoso y tiránico.

El evangelio nos cuenta una cadena de vocaciones con varios eslabones. Hay un primer eslabón. Un testigo: Juan Bautista, al ver Jesús que pasaba, dice una y otra vez: ¡He ahí al Cordero de Dios!

Sólo dos discípulos suyos se sintieron impulsados ​​a comprobar lo que Juan decía y siguieron los pasos de Jesús.

- ¿Qué buscáis?

- Maestro, ¿donde vives?

- Venid y lo veréis.

Uno se llamaba Andrés. ¿El otro? No se sabe. Quizá eras tú o soy yo. Los dos fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él todo aquel día. ¿De qué conversaron? No lo sabemos. Pero la conversación les llegó al alma. Tanto, que al cabo de muchos, muchos años, el otro discípulo aún recordaba que eran las cuatro de la tarde, más o menos. Aquel contacto con Jesús les había cambiado la vida.

Andrés sintió el gozo de un descubrimiento largamente deseado y fue corriendo a comunicarlo a su hermano Simón: ¡Lo hemos encontrado! ¡Es el Mesías! EUREKA, le dijo, que es el grito de los grandes descubrimientos. ¡Lo hemos encontrado!

Andrés convence a su hermano y lo acompaña a Jesús. Jesús lo mira fijamente. Y le cambia el nombre: Te llamarás Piedra / Pedro. Será la piedra en que Jesús asentará su iglesia. Esta será su misión.

Ahora podría preguntar: ¿Qué hacemos aquí? ¿Por qué hemos venido? ¿Qué buscamos? Seguramente estamos aquí porque hemos venido siempre. No lo sabíamos, pero en la voz del padre o de la madre o del párroco o del catequista, Jesús nos llamaba y le seguimos.

Y cuando salgamos de aquí ¿cómo saldremos? ¿Animados como Andrés y Pedro? ¿Recuerdan el entusiasmo de Arquímedes cuando de pronto descubrió por qué los cuerpos flotan en el agua? Salió a la calle gritando: ¡Eureka! ¡Ya lo tengo, lo he encontrado!

Si ponemos cara de aburridos o desencantados, ¿cómo podremos animar a nadie a seguir a Jesús?

Ojalá que hoy, cuando volvamos a casa, podamos gritar como Andrés: ¡Hemos encontrado a Jesús! Y seguro que volveremos el próximo domingo con algún otro a hacer la misma experiencia. Haremos de Juan Bautista, haremos como Andrés. Y Jesús lo mirará fijamente y le animará a seguirlo.

Es esta la llamada que Jesús nos hace hoy y que irá precisando todos los domingos del año que hemos comenzado. ¡Ojalá!

P. Jaume Sidera, cmf
jsidera@ono.com
 
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