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comentario a las lecturas de la misa
jesucristo, rey del universo (A)

«Al atardecer de la vida nos examinarán del amor»

Hoy pasamos el examen final. ¿Verdad que sería extraño que un alumno suspendiera si hubiera sabido los temas de que lo examinarían? Pues aquí tenemos los temas que seremos examinados: «Al atardecer de la vida nos examinarán del amor».      

El evangelio nos presenta a Jesús en un ambiente glorioso: sentado en su trono, rodeado de ángeles, teniendo delante todas las naciones. Es el Hijo del hombre luciendo el poder, la gloria y la realeza que ha recibido del Padre. Todos los pueblos, naciones y lenguas lo reconocerán. Hijo del hombre y Rey de un reino eterno. Es también Pastor como lo describe Ezequiel: lleva cuenta cada día de las ovejas, las recoge cuando se han dispersado por la niebla, las lleva a pastar, venda a las heridas y cura a las enfermas. Y ahora se presenta a hacer de juez y nos prepara una enorme sorpresa. Nos hemos pasado siglos y siglos esperando la venida de Jesús sin haberlo encontrado, simplemente porque lo buscábamos donde no estaba. Esperábamos un gran personaje, con toda la parafernalia de luces y de vestimenta, con un transporte espectacular, con multitudes aclamando... y resulta que no hay nada de eso. Y para que no nos equivoquemos ya nos lo advierte desde el principio. Jesús nos anuncia que vendrá no como nos lo imaginamos nosotros: Para empezar no tuvo donde nacer. Cuando entró en Jerusalén triunfalmente lo hizo montado en un burro... Y murió en una cruz entre dos malhechores.

A pesar de todo, como ha resucitado, continuamos con nuestras ideas de grandezas y honores. Y venga a esperar y desesperar una venida que no acaba nunca de llegar. Pues bien, el evangelio de hoy quiere que estemos bien atentos y con los ojos bien abiertos, porque viene, ha venido ya, disfrazado, tan disfrazado que hará falta toda la lucidez para descubrirlo.

Viene vestido de un muerto de hambre y de sed, del emigrante, de un mendigo medio desnudo y sin techo, o yaciendo en una cama enfermo o encarcelado en una prisión con más o menos justicia, en la miseria de la víctima del alcohol o de la droga.

Hay muchas personas con buena salud y bien vestidas y en una situación más o menos desahogada, que se han volcado amorosamente sobre esta gente pobre y marginada. Hay otros que han pasado de largo si es que no han dicho: ya les está bien, ellos se lo han buscado. Y han mirado hacia otro lado.

Alerta, nos dice Jesús: lo que hacéis con uno de estos más pequeños e indefensos, me lo hacéis a mí. Lo que negáis a esas personas, me lo negáis a mí. ¡Son mi disfraz! Y resultará que -para bien o para mal- hemos vivido toda la vida junto a Jesús sin darnos cuenta de ello.

El Padre bendice especialmente a los que se han ocupado de su Hijo oculto en esos que no parecían hijos suyos. Y se muestra profundamente disgustado con los que se han encerrado en su egoísmo o han descansado en la seguridad de unas prácticas religiosas más o menos sinceras. Nos lo avisa a tiempo.

La sorpresa grande será cuando gente, que ha vivido al margen de la fe o de la práctica cristiana, verá que ha pasado toda la vida en comunión con Cristo porque estaba con comunión con los hermanos más necesitados. Otros quedarán decepcionados porque han vivido una vida que creían cristiana, pero insensibles ante el sufrimiento humano. La gran sorpresa se la llevarán tantos madres y padres, maestros y oficinistas, enfermeras y empresarios que por fin se darán cuenta que han vivido toda la vida en comunión con Él porque sirvieron a Jesús escondido bajo el disfraz del prójimo.

Jesús parece que disfruta rompiendo las barreras. Ahora que quieren encerrar la religión en la sacristía, resulta que Jesús se pasea como siempre por las calles y plazas disfrazado con todo tipo de gente. De personas sensatas es pasar la vida con los ojos abiertos e ir preparando el examen final. Podremos ver a Jesús Rey y Pastor e Hijo del hombre e Hijo de Dios cuando nos hayamos acostumbrado a verlo y cuidarlo en nuestros hermanos. Al atardecer de la vida nos examinarán del amor.

P. Jaume Sidera, cmf
jsidera@ono.com
 
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