Estos días de noviembre nos invitan a pensar en la muerte y en la suerte de los difuntos. ¿Qué será, qué es de los difuntos?
Que tenemos que morir, no hay que decirlo. Ante este hecho está la solución de esconder la cabeza bajo el ala o no pensar en la muerte ni hablar de ella. Cabe también encerrarse en determinados esquemas mentales: nadie ha vuelto. Dejad toda esperanza los que yacéis aquí. Cabe también la solución de entristecerse, de no aceptarla, de rebelarse contra ella, de estar mirando siempre atrás y perder la ilusión de seguir adelante.
Que esto lo hagan los que no tienen esperanza, pase. Pero un cristiano tiene una esperanza firme. Creo en la resurrección. Por el bautismo y por la Eucaristía y por la vida estamos unidos a Cristo y compartimos su muerte y su resurrección. Un día nos encontraremos todos con el Señor compartiendo su reino, sus intereses, su vida.
Recorremos el mismo camino que Jesús. Él lo resumía en una frase: He salido del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo el mundo y me vuelvo al Padre. También nosotros hemos salido de Dios y a Dios volvemos. Lo que importa es la calidad con que llenamos este camino. La muerte es una etapa importante en este viaje. Jesús la comparaba con el grano de trigo. El grano de trigo si se niega a ser echado en tierra, queda solo. Si se deja enterrar en ella y muere, nace, crece y espiga y pan. Es fecundo. Comparaba también este paso con el mal trago de la madre cuando da a luz. Sufre, gime y suda. Pero la alegría de ver al bebé en sus brazos hace que no se acuerde de los malos momentos que ha pasado.
Grano de trigo, alumbramiento. La muerte no es ningún paso a la nada, sino camino a una vida más fecunda y más llena, que culminará con el encuentro con el Señor. Para este momento nos tenemos que preparar, porque no sabemos ni cuándo ni cómo será. Se trata de esperarle como las muchachas que esperaban la llegada del Esposo, para entrar con él al convite de bodas. Las muchachas sensatas le esperaban con las lámparas encendidas y con pilas de repuesto. Las otras, las necias sólo miraban el presente, pensando que el futuro no llegaría nunca. Se dedicaron a dormir.
Velemos, nos dice Jesús. Estemos despiertos. Estamos despiertos cuando oramos, cuando pensamos y damos sentido a nuestra vida a la luz del evangelio, cuando vamos haciendo a lo largo del día lo que Dios quiere de nosotros, cuando llenamos nuestro tiempo amando, ayudando y compartiendo generosamente lo que somos y lo que tenemos con los demás.
De Dios a Dios. Desde el bautismo llevamos en la frente la marca de Cristo, sacerdote, profeta y rey. Durante nuestro viaje de Dios a Dios tengamos ante nuestros ojos el modelo que encontramos en Jesús. Compartiendo con Él nuestro camino, compartiremos también el término: la plena comunión con Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, y con Santa María y todos los santos.
Animémonos mutuamente con estos pensamientos. Y hagamos la oración del poeta Joan Maragall:
I quan vinga aquella hora de temença
en què s'acluquin aquests ulls humans,
obriu-me'n, Senyor, uns altres de més grans
per contemplar la vostra faç immensa.
Sia'm la mort una major naixença! |