No se puede decir nada mejor de Jesús que lo que le dicen los fariseos. Lo dicen con mala intención, con el deseo de comprometerlo. Pero aciertan de lleno.
. Es un Maestro, un Maestro muy entendido y capaz de enseñar. Además, es veraz, ama la verdad y la dice sin tapujos: enseña el camino de Dios porque está en sintonía con la voluntad de Dios. Y como no depende de lo que dice la gente políticamente correcta, no está ligado a nada ni a nadie, porque no tiene en cuenta la posición social de la gente: ante Dios sólo hay personas, hijos / hijas. Nadie es más que nadie. Ni tampoco menos. Jesús es la persona libre que dice la verdad con amor.
Con estas credenciales, los fariseos que lo saben muy bien, le ponen una trampa: Dinos qué te parece: ¿está bien pagar el tributo al César, sí o no? Es un caso de conciencia. Piensa que somos el pueblo de Dios y que no tenemos por qué reconocer otro señor fuera de Dios.
Jesús no se pierde en teorías: Enseñadme la moneda del impuesto. Tiene acuñada la cara del emperador de Roma, y lleva una inscripción: Tiberio César, hijo del divino Augusto, sumo sacerdote. Una auténtica blasfemia para unas personas tan religiosas como los fariseos. Pero llevan los bolsillos llenos de estas monedas sin ningún escrúpulo. En cambio Jesús no lleva ninguna. Es del César, ¿verdad? Pues dad al césar lo que es suyo y a Dios lo que es de Dios.
Jesús les dice: ¿Queréis una enseñanza y una sanidad de calidad y buenas carreteras y disfrutar del estado de bienestar? Pues bien: esto tiene un precio y lo tenéis que pagar tanto si el gobierno o el régimen es teocrático como aristocrático o democrático. Y ofende a Dios y ofende a la sociedad el que por escrúpulos religiosos o políticos evade los impuestos o las tasas o esconde el dinero en paraísos fiscales para salvar sus intereses. Esto pertenece al campo de las relaciones humanas. Son las cosas del «césar».
Pero cosas que afectan también a Dios, porque la autoridad civil es querida por Dios y depende de Él. Ciro se creía quién sabe qué y quién sabe quién porque con su astucia se había apoderado de Babilonia sin disparar ni un tiro. Con sus trazas hizo vadeable el río Éufrates. Entró en Babilonia mientras sus habitantes dormían o se divertían confiados en la anchura y profundidad del río. Ciro no lo sabe, no conoce al Dios de Israel. Y sin embargo Dios se sirve de él para liberar a Israel de su largo exilio.
Si la moneda que lleva la cara del césar es del césar ¿de quién será el que tiene estampada la cara Dios? Como el hombre y la mujer son creados a imagen y semejanza de Dios y son hijos de Dios, le pertenecen, no como esclavos sino como hijos muy amados. La dignidad que tienen no les viene de ningún gobierno ni de ningún parlamento, sino de su relación con Dios. Son en el mundo signos de su presencia. Son responsables y libres. Por eso podía decir el alcalde de Zalamea:
«Al rey la hacienda y la vida se ha de dar / pero el honor es patrimonio del alma, / y el alma solo se de Dios ... »
¿Cómo podremos llevar con dignidad la marca de Dios en nosotros y mantener una buena relación con él y con el mundo? San Pablo nos indica una pauta. Mantengamos la fe viva que trabaja para propagarse, la caridad generosa que no se cansa nunca de hacer el bien, y la esperanza activa basada en Jesucristo y que nos ayuda a aguantar las adversidades y a superarlas. Y en tiempos de crisis, en vez de replegarse en una pasividad perezosa o egoísta, la actitud de fe, esperanza y caridad crea las condiciones para vencer cualquier crisis.
Trabajar por el bien de los hermanos es reconocer la soberanía amorosa de Dios. |