Lamec, el impresentable hijo de Caín, fanfarroneaba de esta manera:
- Escuchadme, Ada y Será, mujeres de Lamec, estad atentas a lo que os digo: He matado a un hombre que me había malherido, he matado a un muchacho que me había dado golpes. Caín será vengado siete veces, pero Lamec lo será setenta y siete.
Lamec no conoce límites a la venganza. Cuando se llegó al tanto por lo tanto, ojo por ojo... se produjo un gran freno a la venganza ilimitada. Pero Jesús va más allá: Nada tiene volver mal por mal. Contra la venganza, el perdón generoso. Y así lo pone en nuestros labios en el Padre Nuestro. No se puede alcanzar el perdón de Dios si no se perdonan las ofensas. ¿Pero cuántas veces? Pedro se considera muy generoso si perdonaba siete veces, ya que los rabinos de su tiempo pensaban que con cuatro ya bastaba y demasiado...
La respuesta de Jesús es contundente: ¿Qué hasta 7 veces? ¡No! 70 veces siete. Es decir, sin límites.
Conocí a una persona que no podía rezar el padrenuestro porque no se veía capaz de perdonar... Era una persona honrada. Pero quizá confundía el sentimiento con el resentimiento: no podía olvidar el daño que le habían hecho. La herida es tan profunda que queda incrustada en el alma. Como era el caso de una buena señora a quien habían asesinado a dos hermanos sacerdotes. ¿Olvidar-lo? ¡Imposible! En realidad no se trata de no sentir el mal que me han hecho, pero sí puedo dejar hurgar en la herida para mantener vivo el resentimiento. Una cosa es el sentimiento y otra el resentimiento. No siempre es posible olvidar. Incluso puede ser bueno no olvidar para no repetir situaciones aflictivas o conflictivas.
Conozco a otro que cuando en la Eucaristía la gente reza el padrenuestro, escucha atentamente y se queda muy contento al constatar que «estos hermanos míos me perdonan y por eso son perdonados por el Padre celestial». Dios es Padre de todos y no quiere ver a sus hijos enfadados, peleándose y vengándose.
Son interesantes los consejos que hemos leído del Eclesiástico. Acuérdate de los mandamientos, y no serás rencoroso con los demás; piensa en la alianza del Altísimo, y no tendrás en cuenta la ofensa recibida.
Y recordemos la exhortación de san Pablo: En vida y en muerte somos del Señor. Tanto si vivimos como si morimos, somos del Señor. Él para llegar a ser juez de muertos y de vivos soportó una muerte indigna y la soportó perdonando: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Y tendrá misericordia infinita para los que sepan perdonar.
Las palabras del salmo de hoy son impresionantes: El Señor es misericordioso, no siempre acusa, ni guarda rencor perpetuo, no nos castiga los pecados como merecen, no nos paga según nuestras culpas. Su amor a los fieles es tan inmenso como la distancia del cielo a la tierra; tira nuestras culpas lejos de nosotros como Oriente está lejos de Occidente.
Aprendamos de nuestro Padre y perdonemos como Él perdona. Perdonemos como Él ME, NOS perdona! Demos sentido al gesto de darnos la paz, el signo del perdón y del amor. |