San Pablo decía a los cristianos: No debáis nada a nadie. Lo decía especialmente hablando de los tributos, tasas, impuestos de la autoridad civil. Pero tenemos una deuda que nunca acabaremos de pagar porque abarca toda la vida: Amarnos los unos a los otros. Porque el que ama a los demás, ha cumplido la ley. Amar es toda la ley. Todo lo demás: respetar el amor, respetar la vida, respetar los bienes de los demás y no ambicionarlos, y cualquier otro mandamiento se encierra en estas palabras: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Quien ama no hace daño a los demás. No sólo no hace daño a los demás sino que procura activamente hacerles el bien que pueda.
Ya veis cómo es de sencilla y a la vez exigente nuestra vida cristiana de cada día.
Ezequiel nos dice que amar a los demás, al pueblo, la familia, a los amigos, conlleva la atención y la tensión del centinela que desde la atalaya ha de anunciar cualquier novedad que aparezca en el horizonte, tanto de los enemigos que se acercan como de los mensajeros que traen buenas noticias. En cualquier caso no debe anunciar lo que la gente quiere oír, sino lo que necesita, le guste o no. Y será responsable si, por haber callado, sobreviene una desgracia al pueblo. «Hijo de hombre, te he hecho centinela en el pueblo de Israel. Cuando oigas de mi boca una palabra, les has de advertir de mi parte. Si yo amenazo al pecador con la muerte, y tú no le dices nada y no adviertes que se aparte del camino del mal, él morirá por su culpa, pero yo te pediré cuenta de su sangre. Pero si tú le habías advertido que cambie de conducta y se convierta, pero no se ha convertido, él morirá por su culpa, y tú habrás salvado tu vida».
Esto parece que afecta especialmente a los pastores, a los profetas, a los que tienen responsabilidad en la sociedad o en la familia. Al deber de los centinelas de anunciar la verdad debe corresponder la recepción del mensaje de parte de quienes lo oyen. No siempre será escuchado, pero siempre tiene que decir lo que en conciencia crea. No se hará muy popular, pero a la larga se verá la razón que tenía para bien o para mal.
Jesús nos viene a decir de otro modo lo mismo que Ezequiel respecto al amor a los hermanos: si el hermano yerra, avísale, para que reflexione, se lo piense y vuelva al buen camino. Si no te hace caso, trátalo con él buenamente con uno o dos hermanos más. Si no les hace caso tampoco, está la iglesia, la comunidad local con su párroco al frente. O el obispo. O el Papa. El que tampoco hace caso de ellos, se excluye de la comunidad. Deberá hacer solo y fuera de la comunidad su camino.
La comunidad no es una entidad cualquiera: se apoya en la misteriosa presencia de Jesús que está con nosotros día tras día hasta el fin del mundo. Y esta presencia, que garantiza la autoridad de la comunidad, garantiza también la eficacia de la oración comunitaria, no sólo la que hacemos ahora en la Eucaristía sino también la que hacemos en el seno de la familia. ¡Qué consuelo para la familia, la comunidad o el grupo que ora y qué invitación a hacerlo por las familias, comunidades o grupos que no lo hacen! Yo estoy con vosotros día tras día… Donde haya dos o tres reunidos en mi nombre, allí en medio de ellos me encuentro yo!
Aprendamos hoy a centrar nuestra vida en el amor, un amor que es también centinela y cuida de los hermanos para que todos nos vayamos y sigamos por el buen camino. |