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comentario a las lecturas de la misa
domingo xxii del tiempo ordinario (A)
Jesús nos invita a todos a seguirlo

El evangelio de hoy es, como mínimo, desconcertante. El pasado domingo, Jesús felicitaba efusivamente a Pedro por su confesión inspirada nada menos que por el Padre celestial. Ahora con un «¡Fuera de aquí, Satanás!» se lo quita de delante. Me vas a hacer tropezar en el camino, porque no piensas como Dios, sino como los hombres. Pedro ya no habla inspirado por el Padre celestial. Sin darse cuenta está en la misma línea del Tentador que tentaba a Jesús en el desierto. Pedro no acaba de entender que el Mesías, el Hijo del Dios vivo, tenga que sufrir la cruz. ¿A quién se le ocurre, Maestro? Y se puso a darle lecciones: ¡De ninguna manera, Señor: a ti eso no te puede pasar!

Antiguamente, el maestro iba un poco por adelante del grupo de discípulos. Poniéndose delante de Jesús, Pedro usurpa la función del maestro. Jesús reacciona con firmeza: Anda, ponte detrás de mí, vuelve a la escuela.

Y lo que dice a Pedro, nos lo dice a todos nosotros. Un mesías e hijo de Dios sin pasar por la cruz es muy peligroso. Es un figurón de tantos que con el señuelo de liberar o cambiar, acaban esclavizando a los pueblos.

Una vez el Mesías haya superado el trance de la cruz, ya lo podremos proclamar sin tapujos Mesías y Señor e Hijo de Dios.

Jesús nos invita a todos a seguirlo. No engaña a nadie. Propone sin tapujos su programa: Renuncia a ser el centro del mundo. Ama a Dios con todo tu corazón... Has de tener suficiente energía como para soportar la impopularidad que supone proclamar unos valores que van contra los que el «mundo» proclama.

Ser cristiano supone incomprensión, y en casos extraordinarios, incluso la muerte. Quien por ganar la popularidad haciendo lo que hace todo el mundo porque todo el mundo lo hace, creyendo ser una persona importante, de hecho se ha depersonalizado, ha perdido la vida. Hay que ser muy libre para seguir a Jesús. Hay que ir ligero de equipaje.

¿De qué te sirve ganar todo el mundo si pierdes la vida, el alma, el honor, la dignidad? Cuando el Hijo del hombre ejerza su oficio de juez para premiar a cada uno, no nos pedirá cuentas del dinero ni de los títulos que hemos ganado ni siquiera de las misas que hemos oído. Nos preguntará si hemos sabido reconocerlo en el forastero, en el enfermo, en el marginado, en el discapacitado... Estas son las obras que espera de nosotros. Y este es el culto espiritual que nos recomienda San Pablo. Ofrecedle todo lo que sois, como una víctima viva, santa y agradable. Y aprended a discernir qué es lo que Dios quiere: lo que es bueno y le es agradable y perfecto.

P. Jaume Sidera, cmf
jsidera@ono.com
 
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