¡Era engreído el tal Sobnà! Por el título de jefe del palacio del rey se creía Dios sabe quién y, deseando dejar una memoria histórica imarcesible, se hacía excavar en la roca un sepulcro digno de un magnate. El profeta Isaías le hace bajar los humos. Tanta gloria no durará mucho. Le sustituirá Eliaquim, hijo de Helquías. Actuará con los ciudadanos como un buen padre preocupado por su bien. Y le carga al hombro la llave del palacio de David, para poder cerrar y abrir a su albedrío. Esta imagen de la entrega de la llave para expresar la transferencia de un poder eficaz ilumina el evangelio de hoy.
Jesús entrega a Pedro las llaves del reino de Dios en respuesta a su confesión: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. La llave ya no estará en manos de los sumos sacerdotes, los ancianos y los sabios, sino en las de Pedro, el pobre pescador. El Padre le ha inspirado esta confesión. Y Jesús le felicita: Yo te digo que tú eres Pedro. Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no podrán contra ella. Dios tendrá por desatado lo que Pedro desate. Dios tendrá por atado lo que él ate. No se trata de un poder caprichoso, sino del que nace del amor capaz de dar la propia vida por los hermanos.
Es increíble la confianza de Dios en el hombre, una confianza que supone de parte del hombre una inmensa responsabilidad. Quizá por eso se produce una especie de fenómeno que no acabo de entender: la llave, que está hecha para abrir y cerrar, parece que sirva sobre todo para cerrar. Y esto produce la sensación de que la iglesia se inclina más por el No que por el Sí.
En cambio, Jesús actúa diferente. Libera. El día de la resurrección se presenta en el cenáculo estando las puertas cerradas a cal y canto no tanto no por barreras físicas, sino espirituales: Miedo. Por esto Jesús dice una y otra vez: NO TENGÁIS MIEDO, YO SOY... El día de Pentecostés la comunidad primitiva continúa cerrada a cal y canto. Ha de venir el vendaval y el fuego del Espíritu para que se abran puertas y ventanas y el evangelio sea proclamado a la multitud. Poco después el Espíritu derrumba las barreras que impedían a los no judíos hacerser cristianos si antes no se hacían israelitas. Así una y otra vez.
Parece que la Iglesia tiene miedo de perder la pureza de la fe, de que entren herejías, cismas y heterodoxias. Con esta angustia por salvar la ortodoxia, se ha privado a menudo de la gran riqueza que aportan los que piensan diferente o cuestionan las seguridades. Con este miedo, perdió el tren de la modernidad cuando ésta se apropió de los valores esencialmente evangélicos de la fraternidad, de la libertad y la igualdad. La modernidad los reivindicó a golpes de guillotina "ilustrada", ilustrada, sí, pero guillotina al fin. Por miedo al comunismo, dejamos fuera a los obreros. Por miedo al feminismo, estamos perdiendo a las mujeres ... Y la juventud ya se nos ha ido, a pesar de las JMJ.
Juan XXIII sintió que la iglesia olía a ambiente cerrado. Y abrió las puertas de par en par inaugurando un Concilio esperanzador. Pero se ve que su aire fresco enfrió a más de uno, que se ha encargado de hacer cerrar puertas y ventanas para evitar corrientes malignas que pudieran dañar la ortodoxia.
Viene Juan Pablo II y proclama: Abrid las puertas a Cristo. Lo dice a un mundo que parece que se ha cerrado a Cristo. ¿Esta cerrazón del mundo no responderá a nuestra cerrazón?
Abrid las puertas. NO TENGÁIS MIEDO. YO ESTOY CON VOSOTROS DÍA TRAS DÍA.
Pedro, cierra y ata cuando tengas que cerrar y atar, aun cuando te hagas impopular. Pero, por miedo al error, no dejes fuera la mitad de verdad que el error oculta. Por miedo a la novedad, no te quedes con las cuatro piedras maravillosas y admirables de la Seu Vella: ábrete a los aires de fraternidad, de libertad y de igualdad que Cristo y el Espíritu han insuflado en el mundo.
Pidamos al Espíritu Santo que ilumine al Papa, a los obispos y a los que tienen autoridad para que sepan leer los signos de los tiempos y tengan el sentido nada fácil de abrir y de cerrar. El Evangelio es para todos. Lo que se os ha dicho al oído, proclamadlo desde los tejados. Sin miedo.
No tengáis miedo! Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. No tengáis miedo de que la barca se hunda. La Muerte que parece tragárselo todo, no podrá engullir a la iglesia. No lo ha conseguido hasta ahora, tampoco lo conseguirá más adelante. Pero pidamos que nuestros pastores y los cristianos de a pie, seamos sensibles y fieles al soplo del Espíritu que es liberador. Es para que seamos libres que Cristo nos ha liberado. Y donde está el Espíritu, allí está la libertad. |