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comentario a las lecturas de la misa
domingo xix del tiempo ordinario (A)
Jesús es la presencia del Padre en la situación de peligro

Jesús hoy hace como Elías. Se queda en la montaña para escuchar la voz de Dios. No la oye en la tormenta, ni en el terremoto ni en los rayos, sino en la brisa suave y reconfortante del trato filial con el Padre. ¿Qué sabor tendrían para él las palabras del Salmo de hoy?: Dios anuncia la paz a su pueblo y a los que lo aman. El Señor está cerca para salvar a sus fieles. La fidelidad y el amor se encuentran, se besan la bondad y la paz, la fidelidad brota de la tierra, y la justicia mira desde el cielo. El Señor dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto. La justicia marchará ante él, y la paz seguirá sus pasos.

Jesús ha vivido una jornada muy intensa y necesita contrastar con el Padre su actuación: ¿qué tiene que dar al pueblo? ¿Lo que pide o lo que de verdad necesita? La gente lo quisiera como un nuevo Moisés que les solucionara el problema del hambre y de la sed como en el desierto en otro tiempo. Pero no, hay que seguir trabajando para ganarse el pan de cada día para ellos y para los hermanos. Los panes y los peces de hoy son una invitación a saciar el hambre y sed de Palabra, no a vivir del pan del cielo, viviendo sin trabajar, mano sobre mano.

Mientras Jesús ora solo en la cima de la montaña, los apóstoles se pelean con el viento y las olas. En vano. Tienen los peores presentimientos. Y cuando ven a Jesús que se les acerca, sacan fuera todos los fantasmas que llevan dentro, aumentados y multiplicados por el miedo. No saben que es Jesús y quién es Jesús. «No tengáis miedo, que Soy Yo». Este Soy Yo evoca el nombre de Yahvé. No lo saben, pero Jesús es la presencia del Padre en aquella situación de peligro.

Pedro actúa con los dos grandes sentimientos que lo mueven: el amor y alegría por la proximidad de Jesús y la falta de fe roída por la duda.

- «Señor, sálvame».

- «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado? »

Justamente porque la fe es tan escasa, podemos pedir a Jesús que nos alargue la mano cuando parece que nos hundimos. Porque todos navegamos en la misma barca sin remedio. La barca es la Iglesia. A veces la navegación es fácil y agradable, «viento en popa, a toda vela»... que decía el poeta. Pero a menudo el viento y las olas nos hacen sudar y sufrir. Hoy nos sentimos en medio de una tormenta tan extraña, que ni tormenta parece. No es la persecución descarada de 75 años atrás. Pero nos sentimos despreciados, ridiculizados. Ser cristiano se hace cuesta arriba.

Dios parece que no está: es moda confesarse agnóstico o activamente ateo. Y sentimos la tentación de abandonar la barca, porque parece que Jesús está desaparecido. Se ha quedado solo y seguro, en la cima de la montaña y… Pues, no. Justamente cuando ora está más cerca que nunca de nosotros.

Cuando Jesús y Pedro subieron a la barca, el viento amainó. Los que estaban en la barca se postraron y dijeron: «Realmente eres Hijo de Dios».

Sólo Dios tiene el dominio sobre el mar y sobre sus fuerzas desatadas.

No tengamos miedo. No hace falta que nos echemos fuera borda para encontrar a Jesús. Él viene a nosotros y continúa con nosotros el viaje. ¡Confianza! Soy yo. ¡No tengáis miedo!

Este SOY YO evoca el nombre de Yahvé, Dios liberando a su pueblo, antes y ahora. Por eso nos postramos cómo los apóstoles:

- En verdad eres hijo de Dios.

Y continuamos con Él seguros y contentos nuestro viaje.

P. Jaume Sidera, cmf
jsidera@ono.com
 
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