Es provocadora la invitación del profeta, y más en tiempos de crisis aguda como los que vivimos. Oíd, sedientos todos, acudid por agua, también los que no tenéis dinero, comprad y comed, vino y leche sin dinero, sin pagar nada. ¿Os imagináis un supermercado que nos hiciera esta invitación?
Y sin embargo nos lleva a pensar seriamente en nuestras prioridades. Disfrutamos de una familia buena, tenemos unos medios de vida más o menos confortables, hacemos una vida normal y gozamos de unas merecidas vacaciones o emprendemos algún viaje… Hay quien busca compulsivamente la diversión en discotecas, en las últimas novedades. Y a menudo acabamos con una profunda insatisfacción. Pensábamos llenarnos de paz y de bienestar y nos encontramos con un gran vacío, con la sensación de que nos hemos llenado de humo y poco más. Pues, ¿qué esperábamos? ¿Creemos que nos encontraremos con nosotros mismos huyendo como huimos de nosotros mismos? Nos lo pregunta el profeta: ¿Por qué gastáis dinero en algo que no alimenta y vuestras ganancias en cosas que no satisfacen? Quizás sí que deberíamos buscar los valores en otro sitio…
Hoy Jesús nos invita a pasar un rato con él. Prestad atención y venid a mí, y viviréis.
Vemos que Jesús también huye. Sí, cuando sabe la noticia de la muerte de Juan Bautista huye de la jurisdicción de Herodes que ahora se lo cargaría. Jesús no es temerario. Tiene suficiente cordura para medir su tiempo y su trabajo y sabe retirarse a tiempo. Y se retira al desierto. También le convienen unos días de descanso y de repensar ante Dios su situación.
Pero la gente se le ha adelantado: a pie o en barca, ha llegado antes que él a la otra orilla. Y a Jesús el corazón se le va hacia la multitud. Ya no piensa en su descanso. Se compadece de la gente, se ocupa de ella, atiende a los enfermos y los cura en el cuerpo y en el espíritu. El evangelio no dice que enseñara ni que hiciera largas explicaciones. Jesús enseña actuando, atendiendo, interesándose, curando. Esta es hoy su enseñanza: hacer el bien.
Maestro, se hace tarde. Que se vayan ...
¿De veras? Pues no hace falta. Dadles vosotros de comer.
* ¿Nosotros? Los cinco panes y los dos peces son para nosotros…
* Traédmelos. Pues sí, lo poco o mucho que tenéis, ponedlo a mi disposición. Ya veréis cómo se multiplica vuestra acción y la mía. Llegará a todo el mundo y aún sobrará.
Cuando nos encontramos con una necesidad podemos hacer varias cosas. Una: mirar hacia otro lado. Otra: recomendar que se vayan a otra parte: para eso está el gobierno o la Paeria, o Cáritas ... Pero hay una mejor: ¿Qué puedo hacer por el otro? La necesidad del otro es una llamada de Dios a actuar. Quizá sólo podré dar un buen consejo o decir una buena palabra. Quizás tengo un rato de tiempo, o una pequeña cosa, que sumada a otras pequeñas, dan para mucho. Juan Bautista lo decía a la gente que le pedía qué tenían que hacer.
-¿Tienes dos vestidos? Da uno al que no tiene ninguno. ¿Tienes alimentos? Haz lo mismo. A los cobradores de impuestos: -No hagáis pagar más de lo que marca la ley. Y a los militares: ¡Nada de extorsiones ni calumnias contra nadie! Contentaos con vuestro sueldo.
Y así empezó a cambiar el mundo: no cambiando de trabajo o de oficio, sino cambiando el corazón: amor y comprensión. De este modo nuestra Parroquia llega a muchas personas que uniendo su esfuerzo y sus pequeñas ayudas a los de las otras parroquias y a otras instituciones benéficas llegan a satisfacer muchas necesidades.
Este es el auténtico milagro de la multiplicación de los panes y los peces. |