¿Qué pediríamos a Dios si nos preguntara qué queremos? ¿Salud? ¿Dinero para una vida digna? ¿El cambio de gobierno, o de papa o de ...? Salomón pidió SABIDURÍA. No se veía capaz de gobernar un pueblo numeroso e inquieto. Se sentía demasiado joven e inexperto. Por eso pide:
* Capacidad de escuchar, de ver los dos lados de las cosas y de sopesar los pros y los contras, para poder administrar justicia al pueblo.
* Capacidad de discernimiento: para distinguir lo que está bien y lo que está mal, para saber mirar más allá de la inmediatez, de captar el corazón y las intenciones de las personas.
Esta es la sabiduría que Salomón pide: no vida larga, ni economía holgada ni tener los enemigos bajo sus pies.
Al Señor le agradó y se lo concedió. Las otras cosas -vida, riqueza, enemigos vencidos- sin entendimiento sirven sólo para hacer disparates. Con sensatez, con sabiduría, con sentido de Dios y de la dignidad de las personas y los pueblos, sí sirven para crear el clima de libertad, de trabajo y de bienestar.
El evangelio nos dice que la verdadera sabiduría es Jesús que nos revela al Padre y enseña el sentido de la vida. Y recalca la alegría de quien lo encuentra: «Hemos encontrado al Mesías», exclamaban Andrés y el otro discípulo después del primer encuentro con Jesús. Y lo decían con la misma expresión -Eureka- que gritó el sabio Arquímedes cuando descubrió por qué los cuerpos flotan en el agua. Dicen que salió de la bañera tal como estaba y salió a la calle gritando Eureka de alegría.
Quien encuentra a Jesús y descubre el valor del Reino, es capaz de dejarlo todo y proclamarlo por todas partes. Es lo que hizo Francisco de Asís. Y tantos otros santos, canonizados o no, que siguen gozosamente a Jesús dejándolo todo, sin ponerse ninguna medalla por ello. El gozo de haber encontrado a Jesús es lo suficientemente impactante como para motivar toda una vida a su servicio y al de los hermanos. Una religiosa conocida de nuestro país se enfadó mucho con sus padres porque le habían escondido el evangelio durante su infancia y adolescencia. Cuando lo leyó, se quedó cautivada por Jesús y por su causa que dieron un vuelco a su vida...
¿Habéis entendido todo esto? ¿Sí? Pues demos gracias a Dios y pidamos a Jesús que nos enseñe el lenguaje para hacer comprensible el mensaje de Jesús a nuestros hermanos. Nos podemos valer de nuestra memoria o de nuestra experiencia personal o ajena.
En esta misma homilía evocamos «Eureka» del sabio pagano. Podemos aprovechar el ejemplo de los deportistas de hoy. San Pablo exhortaba a los cristianos a mirar qué hacían los atletas de entonces y de siempre: cómo se abstienen de muchísimas cosas para alcanzar el premio o escalar el podio. Y ellos por unos premios que duran cuatro días... En cambio el entrenamiento que conlleva una vida cristiana decente y gozosa, nos capacita para un premio eterno. Lo decía muy bien san Pablo (Rm. 8): Los sufrimientos de la vida presente, ni sufrimientos son, comparados con la realidad divina que se nos va a revelar.
Y a los de Corinto: Nuestros sufrimientos, ligeros y efímeros, nos reportan un peso eterno de gloria, superior a toda medida. Es que nuestro objetivo no es el mundo visible, sino lo invisible. Porque el mundo visible dura poco. El invisible es eterno.
Quien entiende esto y se lo hace suyo, ha encontrado el tesoro escondido y conseguido la perla preciosa de valor infinito: ha encontrado el sentido de la vida. |