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comentario a las lecturas de la misa
domingo ix del tiempo ordinario (A)
Trabajemos para que la Palabra de Jesús
empape, inspire y sostenga nuestra vida

El evangelio de hoy es un serio llamamiento a la coherencia. No basta tener buenas ideas e incluso hacer obras buenas y hasta grandiosas si no se hacen de corazón o se hacen para llamar la atención o para tranquilizar la mala conciencia. Lo único que vale es la fe que actúa impulsada por el amor.

Me hace gracia cuando oigo decir: Yo creo, pero no practico. Es decir, yo creo en la solidaridad, pero no soy solidario. Yo creo en la fidelidad, pero engaño a la mujer o al marido. Yo creo en la verdad, pero me apunto a la mentira. Yo creo en el respeto, pero no respeto ni a Dios ni a los hombres, como decía aquel del evangelio. Creo en Jesucristo pero no sigo el camino que me marca. Gracias a la inmensa multitud de cristianos que dicen que creen pero no practican, nuestras comunidades cristianas dan pena, el grado de instrucción religiosa está bajo mínimos, y nuestro testimonio frente a tantos no cristianos que sí creen y practican, no tiene ninguna validez.

La incoherencia entre fe y vida tiene la misma consistencia que tiene una casa construida sobre la arena… Se basa sobre la mentira. Una casa sin cimientos se derrumba. La vida del cristiano tiene un sólido fundamento cuando responde con hechos a la enseñanza de Jesús. Afortunadamente todos conocemos a muchas personas que sin hacer ruido viven su fe y actúan como Jesús, sin hacer ruido, como hormiguitas.

Actúa como piensas, de lo contrario acabarás pensando cómo vives. No podemos obrar contra lo que la conciencia nos dicta. ¿Qué hacemos, pues? Acomodamos la conciencia a lo que nos gusta. Nadie mata a nadie mientras la conciencia le dicte: no matarás, respeta la vida ajena. Si a pesar de todo, quiere eliminar una vida, distorsiona la verdad. Hoy se habla de la interrupción del embarazo, pero nunca de la interrupción de una vida. Nunca se mata a un enfermo o a alguien que estorba. Se practica la eutanasia activa. Primero se crea un estado de opinión. A base de la mentira, lo más inmoral parece la cosa más normal. Tanto repetir o banalizar una cosa, acabamos pensando que es buena.

Pues no: durante estos domingos Jesús no ha repetido: respeta la palabra, respeta la vida, respeta el amor, respeta incluso a quien no piensa como tú o que incluso es tu enemigo. Sed como el Padre Celestial: luz, sal, ciudad de refugio, sol y lluvia. Sed lo que sois como cristianos y actuad en consecuencia. Y adquirirá consistencia vuestra vida.

Dicen que la gente ha perdido la fe. Poca tendrían cuando tan fácilmente la han perdido. Si hubiesen fundamentado la fe en la palabra de Jesús vivida humildemente en el día a día, continuarían siendo cristianos sin avergonzarse de ello.

Cuando Jesús acabó estas instrucciones, la gente se maravillaba de su manera de enseñar, porque enseñaba con un estilo propio, con autoridad, y no como los escribas, que desmentían con su vida lo que enseñaban de palabra. En cambio, Jesús traducía su enseñanza en la vida: haciendo el bien, acogiendo y perdonado, curando y reestructurando a las personas, tratando amorosamente y bendiciendo a los niños y a sus madres.

Moisés dijo al pueblo: «Guardad mis palabras en vuestro corazón. Atadlas en la mano como un distintivo, llevadlas como una marca entre vuestros ojos».

Tener presente siempre la Palabra de Jesús y trabajar para que esta Palabra empape, inspire y sostenga nuestra vida: esto es vivir coherentemente la fe. Esto es construir la vida sobre roca firme.

P. Jaume Sidera, cmf
jsidera@ono.com
 
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