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comentario a las lecturas de la misa
domingo viIi del tiempo ordinario (A)
No os angustiéis por el mañana

Jesús nos invita hoy a situarnos bien ante Dios y ante las cosas. Dios, creador y Padre, nos ha creado a su imagen y semejanza. Y ha puesto todas las cosas a nuestro servicio. Cuando Dios ocupa el centro, todo queda centrado. Participamos del señorío de Dios. Cuando las cosas, el dinero, el éxito ocupan el lugar de Dios, tenemos la figura del «escanyapobres», el explotador, que se destruye él mismo y destroza a los demás. No tiene corazón ni sentimientos. Tenemos un ejemplo muy claro de ese tipo de persona en la crisis tremenda que sufrimos y que ha dejado millones y millones de personas en la miseria. Vemos también ahora la caída de algunos fantoches que han ocupado el poder años i años sirviéndose de él en provecho propio y ocupando el lugar de Dios. No podéis servir a Dios y al dinero sin que se rompa el equilibrio humano y el equilibrio ecológico.

Si ponemos a Dios en su lugar, y nos situamos correctamente ante Él, confiaremos en Él plenamente porque es nuestro Padre, compasivo y benigno, bueno con todos, que ama entrañablemente todo lo que Él ha creado. Y nosotros somos hijos suyos muy queridos.

Confiaremos en Él y podremos confiar en nosotros, en las enormes capacidades que Él ha depositado en cada uno para el bien de todos.

Jesús nos lo recuerda y nos enseña que no vivamos en la desazón y la angustia pensando enfermizamente en lo que comeremos o beberemos o nos vestiremos. O en el día de mañana. Nos invita a mirar a los pájaros de nuestros árboles o a las flores del nuestros jardines o bosques. Pájaros y flores son lo que son: poca cosa. Y mirad ¡qué maravilla! Nosotros valemos mucho más que los pájaros y que las flores del bosque.

No os angustiéis por el mañana. Si apenas podemos llevar el fardo de cada día, ¿por qué nos tenemos que cargar el de mañana, que nadie nos asegura si viviremos? No podemos alargar ni un minuto nuestra vida. Y cuando los médicos se afanan por alargarla, ¡y hacen bien!- resulta que a menudo llegan a aquello tan horrible que llamamos ensañamiento sanitario. Si no podemos lo menos, ¿cómo vamos a poder lo que nos sobrepasa?

Confiemos en nuestro Padre del cielo. Recordemos qué nos ha dicho Isaías: Sión dice: «El Señor me ha abandonado, mi Dios se ha olvidado de mí.» ¿Crees que una madre se olvidará del niño que lleva al pecho, y no se apiadará del hijo de sus entrañas? Pero, aunque se olvidara, yo no me olvidaría nunca de ti.

- Mosén, ¿me podría solucionar este problema?

-Ya me preocuparé...

- Así no hace falta, ya me ocuparé yo.

Una cosa es ocuparse, otra preocuparse. La preocupación, la angustia, la desazón nos frenan, nos privan de la serenidad y de la paz necesarias para ocuparnos en lo que debemos. Con paz y serenidad, podremos disponer de todas nuestras energías. La confianza en la providencia de Dios no se opone al trabajo por el pan de cada día y por el pan de mañana. Jesús nos previene de la angustia que nos paraliza y no conduce a nada. No nos deja vivir ni trabajar en paz.

Decía un Mosén: Cuando tengo trabajo, hago media hora de oración. Cuando tengo mucho, mucho, mucho, hago una hora….

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Mi corazón, Señor, no es engreído,

ni son mis ojos altaneros.

No doy vía libre a la grandeza,

ni a prodigios que me superan.

No, me mantengo en paz y en silencio,

como niño en el regazo materno.

P. Jaume Sidera, cmf
jsidera@ono.com
 
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