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comentario a las lecturas de la misa
domingo iiI del tiempo ordinario (A)
Que todos sean uno

Un día san Pablo recibió unas noticias de Corinto que le alarmaron: Hermanos míos, me han informado que hay peleas entre vosotros. Cada uno dice: «Yo soy de Pablo», «y  yo de Apolo»,  «pues yo de Pedro!», «pues yo de Cristo!»...

Han pasado años desde las rencillas de los Corintios. Y nos extrañamos de ellos. Pero lo extraño es que a las alturas del siglo XXI, San Pablo  vería y oiría más o menos lo mismo: ¡Yo soy católico de toda la vida, yo soy evangélico, yo soy ortodoxo, yo de la Seu Vella, yo de la Seu Nova!

Esto no puede ser. Estamos en plena semana de oración por la unión de las iglesias. San Pablo nos recuerda que no somos discípulos ni de Pedro ni de Pablo, ni de Claret ni de Benedicto XVI, ni del teólogo tal o del sabio cual. No. Somos discípulos de Cristo. Ni Pedro ni Pablo ni Claret ni Benedicto han derramado una gota de sangre por nosotros, aunque les hemos de agradecer su generosidad en el servicio del evangelio. No, el único que se ha dejado crucificar y ha resucitado por nosotros, y el único que vive en medio de nosotros para establecer en el mundo el Reino de su Padre es Jesús, el Cristo, el único centro de todos los cristianos de toda clase.  Él ha venido a hacer de todos los pueblos uno solo. Para esto vino y para esto murió. Y este es su mayor deseo como Resucitado.

Este Jesús, en la última cena, pedía: Padre, te pido por los que creerán en mí, para que sean uno, como Tú, Padre, estás en mí y yo en Ti, para que también ellos estén con nosotros, y así el mundo crea que me has enviado.

Las comunidades cristianas debemos reflejar la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. No le hagamos quedar mal. No le hagamos perder la credibilidad de su misión, de su venida entre nosotros.

San Pablo también pedía a los de Corinto y a nosotros: Os pido que vayáis de acuerdo y que no haya divisiones entre vosotros; que estéis bien unidos en una sola forma de pensar y en un solo juicio.

Jesús invitó a Pedro y Andrés, a Santiago y a Juan que lo siguieran. Los haría pescadores de hombres. Ellos pusieron a disposición de Jesús la familia y todo lo que tenían. Vivieron con Jesús y con los demás compañeros unos años de vida, compartiendo el pan y la sal, los éxitos y los fracasos. Después de la resurrección continuaron su misión. Aún ahora la continúan, y, cada domingo, nos dan testimonio de Jesús. Y nos encargan que hagamos obra de amor, de servicio, de generosidad, de comprensión, de convivencia, de unidad dentro de la maravillosa variedad de cada cristiano. En esto conocerán que somos de Cristo, si nos amamos como hermanos.

Isaías vislumbraba unos días luminosos para los pueblos de Israel humillados, maltratados y caminando a tientas en medio de las tinieblas. Ahora, en Jesús, han visto una gran luz y se han llenado de gozo, de una alegría inmensa. Les ha abierto un camino de libertad. No ha sido en vano su sufrimiento.

El concilio Vaticano II comenzaba así: La luz de los pueblos es Cristo, y esta luz resplandece en el rostro de la Iglesia. Consecuencia: Lavemos el rostro de la Iglesia para que la luz que es Cristo resplandezca más claramente en nuestro mundo.

P. Jaume Sidera, cmf
jsidera@ono.com
 
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