Imaginémonos que hoy recibimos una carta en estos términos: «Carles, misionero, llamado a ser apóstol de Jesús, y su hermano Josep Saigí, claretiano cómo él, saludan a la comunidad cristiana de Balàfia: una comunidad que Jesús se ha hecho suya, la ha constituido pueblo suyo, y le ha dado el encargo de vivir santamente como Jesús. No estáis solos, estáis unidos a la inmensa multitud de hombres y mujeres, que hoy, domingo, invocan en todo el mundo el Nombre de Jesucristo, el único Señor nuestro y de todo el mundo, y que está siempre presente entre nosotros por su Palabra y en el Pan compartido de la Eucaristía. Os deseamos el amor, la ternura, la sonrisa del Padre, y la Paz de Jesús, el Cristo y Señor.»
La segunda lectura nos trae el saludo de Pablo y Sóstenes a los cristianos de Corinto: formaban una comunidad joven, de una gran vitalidad, inquieta, con ganas de progresar y de ser fieles a su vocación cristiana, deseosos de ser levadura y luz en medio de una inmensa multitud de ciudadanos esclavos, comerciantes ricos y pobres, esclavos, inmersos en el desconocimiento de Dios. La vivencia de su fe se contagiaba milagrosamente a todo el vecindario. Como vosotros hoy, vamos. Seguro que los PP. Carles Masó, Jaume Codina, Xavier Saigí y otros que han trabajado en esta parroquia, os saludan como Pablo y Sóstenes deseaban la gracia y la paz a los cristianos de Corinto.
Ellos mismos os amplían en este domingo lo que nos enseñaron sobre Jesús en tantas celebraciones y catequesis. Y lo hacen proponiéndonos el testimonio de un gran creyente: Juan Bautista. He aquí que un día ve a Jesús que se le acerca y dice a todo el mundo: Miradlo! es el cordero de Dios, que carga sobre sí y destruye el pecado del mundo. Les suena, ¿no? Lo oímos siempre antes de comulgar.
Juan nos dice que Jesús es el Cordero de Dios. La expresión evoca el cordero que cada año sacrificaban los judíos por pascua, recordando y actualizando la liberación de la esclavitud de Egipto.
Evoca también la figura del Siervo de Dios que carga las consecuencias del pecado que aflige y agarrota al mundo. El Señor está orgulloso de su Siervo. Él salvará no sólo al pueblo de Israel, sino que será luz de todos los pueblos para que la salvación llegue de un lado hasta el otro de la tierra. No lo logrará con la fuerza de las armas o con los poderes de este mundo, sino por su absoluta fidelidad al proyecto de Dios sobre el mundo. Ofreciéndose él mismo, como un cordero inocente que es llevado al matadero sin protestar ni vengarse. Se ofrece a sí mismo porque, en su pobreza, no tiene nada más que ofrecer. Así vence el pecado del mundo y destruye la estructura de poder, de mentira, de ambición que deshumaniza y deshace el proyecto de Dios sobre el hombre.
El Cordero de Dios puede hacer todo esto porque tiene la plenitud del Espíritu que le unge, lo envía y lo acompaña por todas partes. Un Espíritu que comunica después a todos nosotros para que continuemos su obra.
Es el Hijo de Dios, el Verbo que ya existía antes de que el mundo existiera y que toma nuestra condición humana para enseñarnos a desplegar la imagen y semejanza de Dios que somos todos desde la creación y el bautismo.
La inmensa grandeza de Jesús, Cordero de Dios, lleno del Espíritu, preexistente, Hijo de Dios, la podemos contemplar hecho niño en Belén, adolescente en Nazaret, hombre hecho y derecho en su vida predicando el reino de Dios, muriendo en la cruz i resucitando, y hecho alimento de nuestro camino en la Eucaristía. |