Este domingo cuarto de adviento nos pone ante los ojos una figura fundamental del Belén: Santa María. Y nos la presenta joven, impaciente andando cuestas arriba y cuestas abajo hasta llegar a casa de Isabel. Y tan bien educada, que se adelante a saludar a su prima ya mayor. Ya habéis oído lo que pasó: los niños saltando de alegría antes de nacer, en el vientre de la madre, y el Espíritu que impulsa a Isabel a contestar al saludo de aquella chica casi adolescente: ¡Dios te ha bendecido más que a todas las mujeres. Dios ha bendecido el fruto de tus entrañas! Y la proclama feliz porque ha creído, se ha fiado del Señor.
La escena se cierra diciendo que María pasó tres meses en casa de su prima y luego se volvió a Nazaret. La escena está calcada sobre el episodio de la subida del arca a la ciudad de David. David, avanzaba saltando y bailando con toda la gente. Y de pronto exclamó: «¿Cómo puede entrar a mi palacio el Arca de mi Señor?» Y dice que el arca estuvo tres meses en casa de Obededom que se llenó de las bendiciones de Dios.
Como quien no dice nada, Lucas nos dice que de ahora en adelante la presencia del Señor ya no está en el Arca, sino en una sencilla mujer de pueblo: María: María es el Arca de la nueva alianza. Juan, antes de nacer, salta de alegría como David. Isabel exclama: ¿Quien soy yo para que la Madre de mi Señor venga a visitarme? Y María estuvo en casa de Isabel tres meses y llenó su casa de todas las bendiciones del Señor.
Además Isabel completa el Ave Maria: Bendita eres entre todas las mujeres... A su ojos María, la Madre del Señor, trae la liberación al pueblo como lo hicieron Jael y Judit, pero no con la victoria cruenta sobre el enemigo, sino aplastando la cabeza de la serpiente del paraíso con su fidelidad a Dios.
Nadie nos da una imagen más sublime de María que Isabel: la Madre del Señor es la Virgen María... Bendita más que todas los mujeres...
Pero mientras nos pone María tan arriba, nos la pone al alcance de la mano más que nadie y más cerca que nunca: María es lo que es porque ha creído... Es la fe lo que la ha hecho grande... Y esta fe está a nuestro alcance. La fe nos pone al nivel de María. Es lo que dijo Jesús: Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la guardan... Por la fe, nosotros como María, encarnamos al Señor y lo hacemos presente a nuestros hermanos.
¡Qué maravilla ser cristianos! Y ¡qué regalo tan grande en vísperas de Navidad! Esta fe es lo único que Dios nos pide: es la actitud de Jesús cuando entró al mundo: «No quieres oblaciones ni sacrificios, en cambio me has formado un cuerpo; Dios mío, aquí estoy para hacer tu voluntad» Y con esta ofrenda de sí mismo nos ha salvado. Y es con nuestra ofrenda personal como también nosotros colaboramos a hacer un mundo mejor.
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La profecía de Miqueas completa el sentido de la fiesta. Belén de Efrata es demasiado pequeña para figurar entre las familias de Judá. Pero aun así, de Belén saldrá quien debe regir Israel, el Mesías, que nos traerá la paz. Y la «madre» tiene una función fundamental, de amor y de esperanza.
Dios ha mirado la pequeñez de su sierva.
Por esto la proclamamos Bienaventurada. |