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comentario a las lecturas de la misa
domingo ii de adviento (C)
Preparad el camino al Señor

Puede parecer extraño que el evangelio empiece nombrando a las autoridades civiles y religiosas en el momento que llegaba la «plenitud del tiempo» es decir, el plazo fijado por Dios para intervenir en la historia en su Hijo.

Y aunque no lo parezca, esta mención tiene mucha relación con el mensaje de san Juan y con la profecía de Isaías. Juan predicaba un bautismo de conversión para arrinconar el único enemigo de la acción de Dios en nosotros: el pecado.

Isaías siglos antes hablaba de preparar los caminos en un largo desierto por donde el pueblo -ahora exiliado en Babilonia- volvería triunfalmente hacia la tierra prometida con el Señor al frente. Un grito de dichosa esperanza y una invitación a rehacer el éxodo ahora de Babilonia a Palestina. El bautismo –sumergirse en el Jordán- evocaba la primera entrada en la Tierra: había que sumergirse en el río y atravesarlo como signo de la entrada en la nueva etapa que ahora se abría.

La llamada a la conversión se hace a las autoridades civiles y religiosas y a la gente. Primero a las autoridades bajo cuyo mandato nacerá el Mesías que Dios ofrece, no el que ellas y la gente imaginaban. Los cerros altivos y los valles sinuosos describen bien el talante de esos personajes mencionados: Tiberio es el emperador de Roma de quien dependen los títeres que le hacen el juego en Palestina, especialmente Herodes Antipas y Poncio Pilato. El primero será quien hará cortar la cabeza del Bautista que osó hacerle frente. Después, frívolo como siempre, querrá ver a Jesús y se burlará de él. Poncio Pilato, engreído y cobarde, se lava las manos tras condenar a muerte al Inocente.

No hablemos de Anás y Caifás, los sumos sacerdotes, que nunca asimilarán la persona de Juan Bautista y acabarán no asumiendo tampoco a Jesús y condenándolo por hereje y enemigo del Pueblo y de Roma.

Estos personajes me recuerdan la presentación que hará el Apocalipsis de los poderes enemigos de Cristo y de la Iglesia naciente. El Dragón -personificado en Tiberio- que a través del poder civil y del poder religioso intentará aplastar al Mesías... y aparentemente se saldrán con la suya.

Si estos cerros se hubieran allanado y hubieran seguido los senderos de la verdad, la justicia y el amor... hubieran podido dejar en la historia luminosa. Pero no. No se convirtieron.

Dejémoslos y mirémonos en ellos como en un espejo de lo que no debemos hacer. Y remediemos nuestros propios defectos, el orgullo, la frivolidad, la mentira para que nunca traicionemos ni a Jesús ni a los hermanos. Será la manera de allanar el camino al Señor en un mundo que está sufriendo las consecuencias de una crisis tremenda y una increíble oleada de corrupción. Quizás es esta la conversión de que nos habla el Bautista hoy.       

Releamos el grito optimista y gozoso de Isaías con su llamada a la esperanza y allanemos los caminos del Señor. Hagamos nuestra la oración de Pablo: que vuestro amor se enriquezca más y más y abunde en el pleno conocimiento y en la finura de espíritu, para que sepáis apreciar los valores auténticos.

Y repitamos el salmo tan hermoso:

Los que sembraban con lágrimas en los ojos, gritan ahora de gozo en la siega.

El trabajo que pongamos en roturar la tierra y sembrar la semilla redituará en la alegría desbordante de una rica cosecha.

P. Jaume Sidera, cmf
jsidera@ono.com
 
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